Megafauna, ser humano y cambio climático 


Según un estudio, el ser humano provocó un efecto dominó en el sistema trófico que extinguió la megafauna norteamericana. Otro estudio apunta a que esta extinción aumentó la temperatura global en todo el planeta.

Frente a la amenaza del cambio climático y ecológico muchas personas usan el mecanismo mental de defensa de creer que nunca se producirá, que ya encontraremos una solución antes de que llegue el problema. Se olvidan (además de que el problema ya está aquí) que el ser humano ya ha cometido errores de ese estilo que han llevado a la extinción de civilizaciones como los indicios del cañón del Chaco, los habitantes de la isla de Pascua, los mayas, los vikingos de Groenlandia, etc. Muchas otras civilizaciones o países (Islandia, Ruanda, Haití, etc) también lo han pasado muy mal, aunque también hubo otras que supieron vivir con el entorno.
En un mundo cada vez más globalizado en el que al ser humano le es cada vez más fácil hacerse con armas cada vez más sofisticada, no es difícil llegar a la conclusión de que nos estamos sentando sobre un polvorín. Si se elabora una lista de los países con mayores problemas ecológicos y de desertificación resulta que se corresponde con la lista de países en permanente conflicto bélico.
Una vez más podemos echar un vistazo al pasado para intentar aprender algo sobre las relaciones ecológicas, el ser humano y el clima. Recientemente se han publicado un par de resultados sobre la extinción de la megafauna americana. Como ya saben los lectores de NeoFronteras, hace 15.000 años la población de mamuts empezó a declinar dramáticamente. Evento que coincide con la llegada del ser humano al continente. Se ha intentando explicar el hecho con varias teorías que incluyen (naturalmente) hasta el impacto de un meteorito. Sin embargo, la teoría que más parece estar convenciendo a los expertos últimamente es la que sostiene que fue precisamente el ser humano el que llevó a la extinción a estos grandes animales y sus compañeros.
Pero, ¿cómo puede una población humana relativamente tan pequeña crear tal desastre de extinción? Según el primer estudio del que vamos a hablar se debió a una “cascada trófica”. Estos animales cayeron víctimas de este fenómeno cuando en su ecosistema se introdujo un depredador que antes no estaba allí: el ser humano. Es el mismo tipo de fenómeno que los científicos sostienen que está pasando en la actualidad a nivel global con otros animales, como los lobos, pumas, tiburones, etc.
Según este estudio, por tanto, el origen de la extinción no fue la pérdida de algún animal clave en el ecosistema, o la caza intensiva llevada a cabo por el ser humano, sino la adición de un depredador nuevo hace 15.000 años: el ser humano cazador. El estudio, dirigido por William Ripple de Oregon State University, se publica en BioScience.
El ser humano de la época competía contra otros depredadores como el tigre de dientes de sable por las mismas presas. Esto introdujo un desequilibrio en la balanza ecológica. De golpe, un equilibrio que se había mantenido durante miles de años fue roto y dos tercios de los grandes animales de Norteamérica desaparecieron para siempre en relativamente poco tiempo.
Según Ripple y sus colaboradores, la extinción no se debió a una caza masiva de los animales hasta su extinción, como otras teorías sugieren, sino que la caza disparó un mecanismo que alteró el ecosistema de tal modo que se produjo finalmente la extinción.
En el Pleistoceno tardío los depredadores dominaban América del Norte en un precario equilibrio con otros animales, como mamuts, mastodontes, perezosos gigantes, camellos, caballos y varias especies de bisontes. Para avalar su tesis, estos investigadores mencionan estudios previos en los que se aportan pruebas de que no había problemas de falta de comida o presas entre hace 15.000 y 10.000 años. Muy al contrario, parece que las poblaciones de herbívoros crecían muy bien, pero rápidamente se redujo según aumentaba la población de los depredadores: leones, lobos y dos especies de felinos de dientes de sable. Había mucha comida para los herbívoros, el sistema estaba en equilibrio, pero estaba dominado por los depredadores. Cuando los humanos aparecieron en escena añadieron una nueva competitividad contra los carnívoros por las mismas presas.
Además, los humanos eran omnívoros y podían comer plantas si era necesario. Poseían además el fuego, vivían en grupos y tenían armas para defenderse de la depredación. Según este grupo de investigadores, todo esto disparó una secuencia de colapso no sólo sobre los herbívoros, sino también sobre los depredadores.
Por tanto, la fuerza que dirigió la extinción no fue el ser humano, éste sólo fue el responsable de disparar el proceso de extinción. Después de esto los depredadores, desesperados por la falta de comida, empujaron a las pocas presas disponibles hasta la extinción y después ellos también desaparecieron .
En sitios como el Parque de Yellowstone se ha podido observar este fenómeno de extinción en cascada en años recientes. Este fenómeno se ha producido debido a la eliminación o introducción de una sola especie depredadora. Con la eliminación de los lobos de Yellowstone el número de cérvidos se disparó, produciéndose la reducción de los bosques, y esto afectó a todo tipo de animales como castores, peces, pájaros, etc. Con la reintroducción de los lobos se está consiguiendo invertir el proceso.
Un fenómeno similar de cascada trófica disparado por el ser humano en tiempos recientes se está dando en Alaska. La caza de renos por parte de los humanos ha hecho que los lobos depreden sobre las ovejas, al carecer de presas naturales, y como resultando se ha dado una disminución de lobos, renos y ovejas.
La pérdida de especies durante el Pleistoceno fue notable. El 80% de las 51 especies de grandes herbívoros se extinguieron, así como el 60% de los carnívoros.
Los estudios sobre los colmillos de mamut evidencian que crecían adecuadamente debido a una abundancia de comida, así que no hubo un cambio climático de disminuyera el suministro de alimentos. Parece ser que la abundancia de depredadores mantuvo la población de herbívoros baja. Precisamente el estudio de los dientes de los depredadores revela, sin embargo, que no disponían de un suministro de presas adecuado.
Las cascadas tróficas iniciadas por los humanos han quedado demostradas ampliamente. Comenzó en Norteamérica hace 15.000 años, pero continúan hoy en día con la eliminación de lobos, pumas y todo tipo de depredadores en todo el mundo. La caza de ballenas hizo que las orcas tuvieran que cazar otras presas como nutrias y leones marinos y el declive de éstas ha hecho que explote la población de erizos de mar y colapsen los bosques submarinos de kelp. Según los autores del estudio los océanos terrestres son la última frontera para el declive y extinción de megafauna. Los mismos mecanismos de cascada trófica que el ser humano inició hace más de 10.000 años los está poniendo en práctica en el mar.
El segundo estudio que vamos ver trata de lo que sucedió precisamente tras la extinción de la megafauna: un cambio climático. Si este punto se demuestra, el ser humano sería el culpable del un pequeño cambio climático que se dio hace 10.000 años. Por tanto, no sería la primera vez que esta especie realiza acciones que tienen como consecuencia el cambio del clima de este planeta.
Antes de que se extinguieran los mamuts consumían retoños de árboles y los propios árboles, como hacen los actuales elefantes africanos. Su dieta incluía grandes cantidades de ramas y hojas. Sus hábitos alimenticios mantenían grandes extensiones de la superficie de Norteamérica sin bosques. En particular los mamuts pastaban en las praderas de hierba de Beringia, que era el puente que unía Siberia y Alaska hace 15.000 años. Una vez que los mamuts desaparecieron se produjo una explosión de bosques nativos de abedules (Betula).
Según Chris Doughty, del Carnegie Institution for Science en Stanford (California), y sus colaboradores, la proliferación de los bosques de abedules está conectada con la extinción de los mamuts.
Empezaron analizando los registros de polen en los estratos del suelo y lo compararon con el registro fósil de mamuts. Además usaron los hábitos alimenticios de los elefantes para inferir el efecto de los mamuts sobre los ecosistemas. Entonces usaron un modelo climático para ver el efecto de los mamuts sobre las praderas y el resultado de la proliferación de abedules y calcularon el efecto sobre la temperatura global.
Según sugieren los resultados que publican en Geophysical Research Letters, la desaparición de los mamuts hizo que los bosques de abedul cubrieran un cuarto de la superficie antes cubierta por las praderas de hierba. Las hojas de los árboles, al ser más oscuras que la hierba, absorben más luz solar, e incluso en invierno los troncos y ramas tienen el mismo efecto, produciéndose un aumento de la temperatura. Estos investigadores calculan que la desaparición de los mamuts contribuyó en un aumento de 0,1 grados centígrados la temperatura global promedio. En Beringia el efecto fue de 0,2 grados.
Según Doughty tuvo que haber un gran impacto sobre la ecología global y sobre la vegetación debido a la desaparición de estos grandes herbívoros.

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