Valorar el arte moderno está en la mente
 

Hace diez años, los investigadores cogieron a dos grupos de tres años de edad y les mostraron una mancha de pintura sobre un lienzo. A unos niños que se les dijo que las marcas eran el resultado de un vertido accidental y mostraron poco interés. A los otros, se les dijo que la mancha de color había sido cuidadosamente creada para ellos y empezaron a referirse a ella como "una pintura".

Ahora, ese experimento, realizado por Paul Bloom, académico de Yale, y la psicóloga Susan Gelman, ha pasado a formar parte de un influyente libro nuevo que cuestiona la manera en que respondemos al arte.

El estudio de Bloom, How Pleasure Works, que saldrá esta semana, sostiene que no existe tal cosa como un juicio estético puro. En el desarrollo de su teoría general sobre cómo los seres humanos deciden qué les gusta o disgusta, preparan unas pruebas que demuestren que lo que la gente cree sobre una obra de arte es fundamental para saber lo que sienten al respecto. Y sugiere que los coleccionistas de arte moderno están particularmente motivados por la forma en que desean ser vistos por el resto del mundo.

La publicación llega en buen momento para Bloom. Su libro estará en las tiendas justo un día después que salga a la venta en Londres el celebrado Picasso de Andrew Lloyd Webber, The Absinthe Drinker, una obra que abre con una estimación de pre-venta de unos 30 millones de libras. Si la pintura, un retrato estilizado de Angel Fernández de Soto en 1903, llega a esta suma, en una subasta en Christie's, será el precio más alto jamás obtenido por una obra de arte en Europa.

Sin embargo, hace apenas cuatro años, el valor de esta pintura se desplomó cuando temporalmente se puso en duda su historia. Fue retirado rápidamente de la venta, porque se sugirió que había sido previamente saqueado por los nazis. Estas afirmaciones fueron desmentidas, pero la fluctuación del valor de este retrato en los mercados de una idea de cómo cree Bloom que funciona la mente humana, y la constante re-evaluación de arte.

El libro, que lleva como subtítulo The New Science of Why We Like What We Like [La nueva ciencia de por qué nos gusta lo que nos gusta], no es un ataque contra el arte moderno o contemporáneo, dice Bloom, y tampoco que los fans del arte más tradicional no son capaces de hacer juicios puramente estéticos. "No tengo una firme posición respecto al arte mismo", apuntó; "pero sí al respecto de lo qué realmente me gusta."

El autor no es ni un crítico ni un amante del arte moderno. Simplemente trabaja esta contenciosa área, por las profundas divisiones en cuanto a los niveles de aprecio y valor comercial, para explicar cómo funciona la mente humana. "El arte tradicional se acerca a lo que está en el mundo; muchas obras modernas se acercan al proceso mismo de la representación", escribe. "Para apreciar gran parte del arte moderno se requiere conocimientos específicos. Cualquier torpe puede maravillarse ante un Rembrandt, pero sólo para unos pocos de la élite puede tener sentido la obra Fountain de Sherrie Levine (After Marcel Duchamp), por lo que sólo dicha élite va a poder disfrutarlo."

Según Bloom, alguien que invierte mucho en arte abstracto y explica que, simplemente, lo hace por amor a las formas y colores, no dice más que la mitad de la historia. Él cree que los patrones psicológicos que se describen en la "teoría de señalización" se aplican a la compra de arte moderno. En otras palabras, un hombre o mujer rico que trata de distinguirse de la manada gastando dinero en lo correcto. "Cualquier idiota puede comprar y apreciar una pintura bonita, en tanto que gastar millones de dólares en arte abstracto puede mostrar una combinación de riqueza y discernimiento", continúa Bloom.

"También creo que algunas personas disfrutan del arte moderno de todos modos", añade. "Me encuentro a mí mismo defendiendo el arte moderno, aunque no tengo grandes conocimientos o gusto por ello. No es esnobismo, sino el aprender a reconocer un cierto tipo de trabajo."

Los artistas modernos trabajan más bien como comediantes, sugiere, haciendo retroceder los límites siempre que pueden. "Y hay gente que odia el arte moderno porque sienten que son el blanco de la bromas", dijo.

La gente también encuentra más placenteras esas obras de arte que parecen haberse realizado con mayor esfuerzo, argumenta Bloom. Utilizando las pinturas de manchas de Jackson Pollock como ejemplo, uno se pregunta ¿por qué "tantas personas quedan impresionados" por ellas?. La reacción negativa, a menudo, se debe al hecho de que no hay evidencia obvia de habilidad. En el pasado, los aficionados a Pollock, han defendido la obra del artista diciendo que las pinturas son técnicamente difíciles de hacer, mientras que otros argumentan que el proceso creativo es irrelevante.

Bloom señala que, si bien sigue siendo un supuesto que la habilidad y el esfuerzo sean o no importantes, el precio del arte contemporáneo aún se comercializa según su tamaño. "Esto podría reflejar la intuición de que es más difícil de pintar un gran cuadro que uno pequeño. Y más esfuerzo parece conducir a que es más placentero."

Sostiene Bloom, que los seres humanos son incapaces de complacerse sólo contemplando la forma de aquello que ve. "La historia de una obra de arte es absolutamente fundamental, aunque se podría argumentar que no debería serlo. Pero al fin y al cabo es sólo la forma en que nuestra mente lo construye."

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