Analizan la emisión de CO2 que produce la agricultura moderna

 

En los años '60 el aumento de la producción agrícola con técnicas de producción modernas (selección genética, explotación intensiva de monocultivos, y uso masivo de fertilizantes, pesticidas y herbicidas), la llamada 'revolución verde', limitó las emisiones de gases de efecto invernadero, a pesar de ser un modelo agrícola con más fuentes emisoras de CO2. Investigadores estadounidenses afirman que desde 1961 los mayores rendimientos por hectárea han evitado que lleguen a la atmósfera unos 600.000 millones de toneladas de CO2.
  
“Eso representa, al ritmo actual, unos 20 años de consumo de combustibles fósiles”, explica Steven Davis, coautor del estudio, e investigador en el departamento de ecología global de la Institución Carnegie (EE UU). “Nuestros resultados rechazan la noción de que la agricultura industrial, con los productos petroquímicos, es inherentemente peor para el clima que las maneras más tradicionales de hacer las cosas”, añade Davis.
La explicación se encuentra en el último número de la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), en el que los investigadores demuestran que los avances de la agricultura moderna y el rendimiento de las cosechas multiplicado por 135% han permitido obtener la misma cantidad de alimentos reduciendo la cantidad de terreno explotado.
“Convertir un bosque o una zona de matorrales en una explotación agrícola provoca que una gran cantidad de carbono natural, contenido en ese ecosistema, se oxide y pase a la atmósfera”, señala el científico. “Las repercusiones indirectas, procedentes de la ocupación de tierras para la agricultura, sobrepasan la cantidad de emisiones directas derivadas de la moderna agricultura intensiva”, añade Davis.
La agricultura, una de las mayores fuentes emisoras de CO2
La agricultura es una de las fuentes principales de gases de efecto invernadero. Las variedades de cultivos de alto rendimiento desarrolladas durante la llamada 'revolución verde' ofrecieron un verdadero filón para la producción industrial de alimentos, pero también incrementaron la dependencia a pesticidas y fertilizantes, y a la mecanización agrícola.
Sin embargo, el equipo de investigación, en el que también han participado Jennifer Burney y David Lobell, investigadores en la Universidad de Stanford (EE UU) y que ha estudiado los efectos de los cultivos de las políticas agrarias sobre las emisiones CO2 entre 1961 y 2005, señala que, a pesar de las emisiones de CO2 de la agricultura moderna, sin los "avances" la conversión de vastas áreas naturales en explotaciones agrícolas habría originado emisiones de gases con efecto invernadero mucho mayores, “equivalentes a 600.000 millones de toneladas de CO2 desde 1961”.
El equipo científico también calculó los beneficios de invertir en investigación agrícola para reducir las emisiones de gases con efecto invernadero y estimó que, desde 1961, la investigación en agricultura ha ahorrado emisiones de dióxido de carbono con un coste de unos 4 dólares estadounidenses por tonelada de CO2.
Los avances en la agricultura han impedido que pasasen a la atmósfera unos 13.000 millones de toneladas de CO2 anuales, “muchos más que los 1.800 millones de toneladas que se pueden obtener mejorando el suministro energético o que los 1.700 millones de toneladas que se estima pueden ahorrarse en los sistemas de transporte”. Por ello, según Davis, “la investigación en agricultura es una de las maneras más baratas de evitar las emisiones de gases con efecto invernadero”.

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