La nube de Wheeler


“Un día Wheeler se vio involuntariamente mezclado en una variante del juego de las veinte preguntas. Como se recordará, en la versión convencional los jugadores acuerdan una palabra y el sujeto intenta adivinarla preguntando veinte cuestiones. Sólo se permiten como respuestas sí o no. En la variante, Wheeler comenzó preguntando las cuestiones usuales: ¿Es grande? ¿Está vivo?, etc. Al principio las respuestas surgían con celeridad, pero conforme el juego avanzaba las respuestas se fueron haciendo más lentas y duditativas. En un momento dado, él tentó la suerte: “¿Es una nube?” La respuesta no se hizo esperar: “¡Sí!”. Entonces alguien rompió a reír. Los jugadores revelaron a Wheeler que no habían elegido ninguna palabra de antemano. En lugar de eso, decidieron contestar sus preguntas al azar, sometidos tan sólo a la condición de respetar las respuestas precedentes. Sin embargo, se había llegado a una respuesta. Esta respuesta, obviamente contingente, no estaba determinada de antemano, pero no era arbitraria: su naturaleza fue decidida en parte por las preguntas que Wheeler escogió y en parte por puro azar. Del mismo modo, la realidad expuesta en una medida cuántica es decidida en parte por las preguntas que el experimentador plantea a la naturaleza (por ejemplo, si pregunta por una posición o por un momento) y en parte por el azar (o sea, la naturaleza incierta de los valores obtenidos para esas magnitudes)”
Leído en La mente de Dios de Paul Davies

El eminente astrofísico Fred Hoyle afirmaba que la probabilidad de que grandes moléculas como las de ADN o las proteínas se generaran por azar, era similar a la de que un huracán pasara por un desguace en el que hubiera desarmado completamente un Boeing 747 y ensamblara todas sus piezas hasta dejarlo perfectamente construido. Vista así, y  si además nos fijamos en la enorme complejidad de los seres vivos (con muchísimas más piezas que un Boeing), la probabilidad de que la vida surja por azar es casi nula.
Richard Dawkins respondió elocuentemente a Hoyle con el famoso argumento de la cerradura. Hoyle tendría razón si toda la biosfera se hubiera creado de una sola vez y de un desorden primordial tuviéramos, en un segundo, los seres vivos “terminados”. Pero es que los seres vivos evolucionan, y dentro de esa evolución no todos los ensamblajes de piezas tienen la misma probabilidad. Supongamos que tenemos una cerradura que se abre con una combinación dada de letras, por ejemplo “DAWKINS”. La probabilidad de que, de primeras, la abramos es muy baja: 7 elevado a 28 (¡Por eso las cajas fuertes son seguras!). Sin embargo, la evolución de los seres vivos no funciona así. Supongamos que para la primera letra, una D, tenemos 1/28 posibilidades. Es difícil conseguir una D pero no imposible. Supongamos que tenemos suerte y sale. Ahora necesitamos una A, pero introducimos la selección natural. Pensemos que una vez que tenemos la D, esta letra no se puede ensamblar con todas las demás letras con las misma probabilidad (la selección natural premiará unas combinaciones de letras y no otras). Supongamos que la D sólo puede ensamblarse con la A, con la P y con la S. Todas las demás combinaciones de seres vivos morirían en la lucha por la vida. Entonces no es tan improbable formar DA. Así sucesivamente podemos ver como conseguir “DAWKINS” en la cerradura no es tan raro (un ladrón con algo de paciencia nos robaría sin problemas), más cuando contamos con millones de años de ensayos para conseguirlo (la historia de la vida en la Tierra).
Pero la falacia de Hoyle se hace más evidente cuando aceptamos que la evolución es ateleológica, es decir, llega a resultados que no están prefijados de antemano. Si lanzamos una pelota de golf en un campo, podemos sorprendernos de la improbabilidad estadística de que nuestra pelota caiga exactamente en donde ha caído. Si nuestro campo de golf tiene unas quinientas hectáreas, es un gran milagro que nuestra pelota haya caído en una extensión precisa de unos pocos centímetros pudiendo haber caído en cualquier otro lugar. La falacia de esta afirmación consiste en pensar restrospectivamente. El único “milagro” aquí es que la pelota tenía que caer en algún punto del campo y así ha sucedido, mientras que lo realmente milagroso hubiera sido apostar a que la pelota va a caer exactamente en ese punto antes del lanzamiento y que así sucediera (cosa que no se puede hacer si aceptamos la ateleología de la evolución). Hoyle ve la pelota ya lanzada y se maravilla ante que, precisamente, haya caído en un lugar concreto.
El texto de Davies que traemos al principio es otro buen ejemplo de desarrollo ateleológico parecido a la cerradura de Dawkins. Por un lado, el azar de las preguntas de Wheeler se mezcla con la necesidad de  las respuestas de los demás jugadores, dando lugar a un resultado absolutamente impredecible. Si aceptamos la posibilidad de lo aleatorio, Hoyle no tiene razón, podemos explicar la “improbabilidad” de los seres vivos. Sin embargo, aquí reside el problema: la posibilidad de lo aleatorio.
Y es realmente curioso que la teoría de la evolución darwiniana se sostenga en ello. La teoría más poderosa para explicar el cambio evolutivo se basa en aceptar la existencia del azar, la existencia de eventos incausados, sin razón alguna que los explique, que violan el principio de razón suficiente, “sucesos mágicos”, inexplicables e indefinibles por definición. Aceptar el azar consiste en introducir lo irracional en la naturaleza… ¡y nuestras mejores teorías lo hacen cada vez más!

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