Lucrecio, Teofrasto y la entropía

Argumentaba Lucrecio en su De Rerum Natura en contra de la eternidad del universo:

“Si no hubo origen de los cielos y la Tierra a partir de generación, y si existieron por toda la eternidad, ¿cómo es que otros poemas, antes del tiempo de la guerra de Tebas y de la destrucción de Troya, no han cantado también otras hazañas de los habitantes de la Tierra? ¿Cómo han caído en el olvido las acciones de tantos hombres en otros tiempos?… Salvo que, como es mi opinión, la totalidad del mundo es de fecha relativamente moderna, y reciente en su origen, y tuvo su comienzo hace un corto tiempo”

E igualmente Teofrasto, basándose en los procesos de erosión:

“Si la Tierra no hubiera tenido un principio en el que nació, ninguna parte de ella se vería elevada sobre el resto. Las montañas serían ahora muy bajas, todas las colinas estarían niveladas con la llanura… Tal como es, la no uniformidad constante y la gran cantidad de montañas con sus enormes llanuras que ascienden al cielo son indicios de que la Tierra no ha existido siempre”

Son argumentos ingeniosos. El argumento de Lucrecio tiene mucho sentido si pensamos que el hombre nació con la Tierra (como afirma el Génesis) y que el hombre siempre ha elaborado documentos escritos. Aceptando estas dos premisas y pensando que los primeros documentos escritos que tenemos no llegan a los 4.000 años a.C. de antigüedad, no andamos muy lejos de las fechas que daban las autoridades cristianas al origen del Cosmos. Por su parte, el de Teofrasto antecede el uniformitarismo de Lyell, pero niega otros elementos conformadores del relieve y, de alguna manera, el principio de conservación de la energía.

Sin embargo, algo que les quita ingenuidad para nuestra mirada moderna es que en ellos se trasluce la idea de irreversibilidad, idea que parecía desterrada de la física hasta no hace mucho. La física newtoniana es, en muchos de sus aspectos, a-temporal, a-histórica. La fórmula de la gravedad no tiene en cuenta la historia de los cuerpos (de hecho, sólo atiende a muy poquita información sobre ellos: masa y posición). Qué era y qué no era el objeto antes o después del movimiento importa poco (porque lo único que importa es el movimiento). Fue cuando se estudiaron las relaciones entre calor y trabajo cuando llegó el gran descubrimiento: los procesos físicos tienen historia, el tiempo es asimétrico. El desorden de un sistema tiende siempre a aumentar su entropía, siendo muy improbable que ocurra lo contrario. Nace la termodinámica y surge la idea de un tétricamente desordenado fin del Universo.

Resulta divertido todas las posibilidades filosóficas que conlleva esta idea. De primeras, la dificultad de elaborar leyes científicas acerca de un Universo que cambia cualitativamente se eleva a la enésima potencia. Ya no sólo se trata de describir lo que pasa en un momento dado, sino de describir lo que pasa en otros momentos de características diferentes del anterior. Los entes se multiplican, esta vez con necesidad. De segundas, la irreversibilidad de algunos sucesos supone poner límites a muchas posibilidades técnicas. Quizá no podamos revertir los efectos del envejecimiento o, la más descabellada aún, viajar hacia atrás en el tiempo. Otra idea es que con la irreversibilidad tenemos un criterio para determinar que viajamos del pasado al futuro. Si el tiempo fuera marcha atrás, del futuro al pasado y no hubiera sucesos irreversibles, no tendríamos ninguna forma de saberlo (en un Universo marcha atrás los extintores encenderían fuegos y las cerillas los apagarían, nada más). Sin embargo, cuando mezclo el café con la leche estoy demostrando nada más y nada menos que viajo hacia el futuro. Aunque según Boltzmann, es sólo una cuestión probabilística: existe la remota posibilidad de que el café y la leche se desmezclen solos. Podría decirse que el tiempo va hacia delante porque es más probable que así lo haga.

Y lo que resulta más curioso aún es que una idea que a la ciencia y a la filosofía les ha costado milenios en alcanzar, la gente de a píe la lleva manejando con total normalidad desde siempre sin saber nada de termodinámica. La vida misma parece más que nada una gran flecha de irreversibilidad. No podremos volver a nacer, no haremos de nuevo nuestra Primera Comunión, no daremos más nuestro primer beso, no tendremos nunca más veinte años… Lo que pasó pasó, aquel error que cometimos, por mucho que hagamos para enmendarlo, quedará siempre allí, tal y como sucedió, irreversiblemente.

Fuente: http://vonneumannmachine.wordpress.com/

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