Sobre los objetos y el significado


Marcelo Jeremías



Cuando los músicos nos relacionamos con el antiguo esquema de armónicos dado por las distancias y proporciones en lo que solemos llamar cuerda pitagórica, nos vemos con un objeto que se manifiesta como una suma de fenómenos que podemos representar en una forma geométrica, otorgando a cada armónico una cara del objeto que se va reduciendo en forma de torre enrollándose sobre sí misma a través de un eje recto si hablamos de geometría tridimensional o de un eje curvo si hablamos de un espacio multidimensional.

Este objeto en la concepción pitagórica es un “objeto ideal” que no se corresponde con el mundo que habitamos y que tiene características que no son tampoco atribuibles a nuestro mundo ya que el paso del tiempo hace que en nuestro paisaje las cosas cambien de forma y en cambio en “el mundo de las ideas” este objeto habita incorruptible sin cambios. Y estas son concepciones muy antiguas acerca de la “naturaleza” de los signos que rastreamos ya en el mundo de los filósofos griegos e incluso antes miremos en la dirección en que miremos.

Entonces así observamos que detrás del mundo de los signos existen cargas mitológicas y simbólicas inherentes que atraviesan las capas de la historia y la cultura sin preocuparse demasiado de problemas políticos, fronteras o economía. Y la dirección evolutiva que tomó el lenguaje desde ese instante “mitológico” es la de atribuirle consecuencias prácticas a los signos, consecuencias también políticas desde el molde económico que se materializó en lo que hoy es nuestra sociedad y así para ser práctico es necesario “restringir” significados y establecer una línea lógica referencial a la cual remitirnos como punto de partida. Y este sería el centro de gravedad del lenguaje y mismo antes que éste de los signos que lo constituyen.

Hay evidencias arqueológicas y de todo tipo que contrastan con la idea “edulcorada” de que somos simplemente “occidentales” y la suma de una pacífica evolución social que comenzó con los griegos, mas allá del talento con que los pueblos antiguos conocidos manifestaron su arte, y esto tiene connotaciones políticas no divulgadas aunque sí tangencialmente comentadas por historiadores lúcidos como Arnold Toynbee que habló de civilizaciones como “organismos” que pueden “evolucionar” en la cohesión de sus ideas tanto como “involucionar”, cosa que no resulta simpática de constatar para nadie pero que es evidente. Y así entonces se nos hace posible establecer un nuevo registro lingüístico en forma de polaridad entre la realidad de civilizaciones “mitológicas” que alternan su existencia con civilizaciones “tecnológicas” que tienen su propio ciclo de evolución y final, así como una planta o un animal en otro contexto.

Entonces entendiendo por ejemplo que la civilización egipcia está todavía en su mayor parte enterrada en el desierto (más del 70 % según algunos análisis) ya no nos va a resultar sorprendente que desenterrando objetos de la primera dinastía nos encontremos con “un aspa de ventilador” que se corresponde con el rastro de una civilización tecnológica anterior de la que no tenemos detalles documentados, o los pocos o muchos que aparecieron hayan sido destruidos por los responsables de cristalizar las ideologías que transitamos en el ámbito de nuestra “historia conocida”. Así se mezcla el tiempo subjetivo con las percepciones socialmente consensuadas de la historia. Y con las herramientas de que disponemos en nuestro mundo contemporáneo ciertamente que todo esto pronto se transformará en un misterioso universo “caleidoscópico” donde constataremos rastros de mundos antiguos mezclados con nuestros paisajes cotidianos.



Entonces no es casual que algunos antropólogos y/o psicólogos contemporáneos hablen del nacimientos de “tribus urbanas” como un signo de nuestro presente, lo que ocurre es que atribuirle un estado “evolutivo” a esto es un síntoma de una falta de percepción histórica tremenda, ya que el punto de partida de “nuestra contemporánea civilización tecnológica no es ninguna civilización mitológica anterior, sino secretos lazos “intangibles” con anteriores civilizaciones “tecnológicas” de donde sea que hayan venido y ese sería un punto de perspectiva más profundo sobre el tema.

Se entiende que algún académico “idealista” pretenda con el concepto de “tribus urbanas” proponer una “teoría de unificación social” como una especulación personal de algo similar a lo que en otro contexto buscan los físicos contemporáneos, pero en lo práctico si fomentamos la barbarie sólo obtenemos más violencia. En cambio con conocimiento es más posible llegar a puertos nuevos, donde sea que estos se encuentren.

Entonces la nueva evidencia no será una evidencia evolutiva de mundos mitológicos a mundos tecnológicos sino la constatación de la intermitencia entre unos mundos y los otros y sobre los procesos de enlace del pasado con el presente se abrirán caminos de investigación válidos que englobarán a disciplinas cada vez más dispersas y que hoy llamamos historia, antropología y lugares familiares.

Fuente: http://www.marcelojeremias.com/

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