Pitágoras, un paseo por las ideas

En el siglo VI a. C. en que a Pitágoras le tocó vivir, las invasiones persas habían aproximado hacia los griegos las milenarias culturas orientales con su espíritu religioso y su actitud mística y contemplativa, que originaban una especial forma de racionalidad.



El espíritu religioso oriental no buscaba su camino hacia la comunión con lo divino a través de la contemplación racional del Universo, sino más bien mediante la negación de la búsqueda misma de la razón, hacia formas de comunicación en zonas más profundas del espíritu. Pero junto con esta vena mística, la cultura oriental había realizado admirables conquistas de la razón, por ejemplo en los desarrollos astronómicos y aritméticos de los babilonios más de un milenio antes de que Pitágoras naciese.

Tal vez una de las razones profundas del hondo enraizamiento del movimiento pitagórico en la cultura griega, y en su heredera la cultura occidental en que hoy vivimos, consistió en el acierto de Pitágoras al unificar ambas tendencias, racional y contemplativo-religiosa, y dar forma a lo que llegó a ser, mucho más que una Escuela de pensamiento, una forma de vida.

La armonía del cosmos Pocos filósofos han sabido incardinar sus enseñanzas con los elementos sensibles con tanto acierto como Pitágoras. Para Pitágoras la visión fundamental consistió en considerar el Universo como un cosmos, un todo ordenado y armoniosamente conjuntado. El destino del hombre consiste en concebirse a sí mismo como una pieza de este cosmos, descubrir el lugar que le está asignado y mantener en sí y en su entorno, en lo que dependa de él, la armonía acorde con el orden natural de las cosas. Esta armonía cósmica fue probablemente una audaz conclusión de madurez a la que Pitágoras llegó a través de sus consideraciones científicas sobre números, figuras, notas musicales, el alma, los astros y la Divinidad.

Los números constituían el armazón inteligible de las formas en la aritmética figurativa de los pitagóricos, construida mediante piedras (psefoi, cálculos). Al mismo tiempo, desvelaban las proporciones que regían las consonancias musicales. Así, veían en el número el principio inteligible a través del cual el cosmos, gobernado por el Espíritu manifestaba al hombre su armonía interna.

La Inmortalidad del alma

Porfirio en su biografía de Pitágoras transmite un testimonio de Dicaiarcos, un alumno de Aristóteles, que resume las enseñanzas de Pitágoras en estos cuatro puntos:

  1. El alma es inmortal.
  2. Las almas cambian su lugar pasando de una forma de vida a otra.
  3. Todo lo que ha sucedido retorna en ciertos ciclos y no sucede nada realmente nuevo.
  4. Hay que considerar todos los seres animados como emparentados entre sí.

Este aspecto de la filosofía pitagórica aparece fuertemente emparentado con la mentalidad del orfismo, un movimiento religioso que, de origen probablemente oriental, se instaura en Grecia a través de Tracia en el siglo VI a. C. La Grecia anterior al siglo VI tenía en los libros homéricos un equivalente de las escrituras sagradas de otros pueblos.

El orfismo toma a Dionisos como su dios y a Orfeo como su sacerdote, reuniendo cierto sentido místico con una ascética de purificación. Según ellos, el espíritu humano procede de otro mundo y se encuentra como desterrado en este, encadenado al cuerpo por la sensualidad. Existe un mundo de acá y otro de más allá y la vida debe vivirse como una fuga de lo terreno.

Muy posiblemente Pitágoras amalgamó elementos órficos con otros, probablemente de origen persa, como el del eterno retorno, y con sus propias concepciones sobre la constitución del cosmos y sobre el modo concreto de purificación a través de la contemplación, para producir una síntesis que resultó profundamente atrayente no sólo para sus contemporáneos, sino para muchos movimientos de inspiración pitagórica durante más de diez siglos.

Al parecer, en el modo de vida de los pitagóricos lo que verdaderamente importaba era la pureza concretada en la armonía del alma con el cosmos, que habría de concluir con la liberación del alma del círculo de reencarnaciones. Lo que importaba era la elevación del alma al cielo de los bienaventurados tras la muerte.

Los pitagóricos del helenismo y de la era romana

Según aparece en diversas fuentes, aunque los pitagóricos de Crotona del tiempo de Pitágoras no constituyeron propiamente un grupo político, llegaron a adquirir una gran influencia y poder en las decisiones de la ciudad. Poco después de que los crotoniatas destruyeran la ciudad de Síbaris, su rival, en el año 510 se despertó en Crotona un movimiento antipitagórico de oscuro origen.

En el 509 Pitágoras tuvo que exiliarse en Metaponto, donde murió el año 500. La comunidad pitagórica se rehizo de nuevo más tarde en Crotona, perdurando allí hasta el 450. Al parecer la concepción política derivada del pitagorismo era más bien de tipo aristocrático, lo que no casaba con los aires democráticos que en el siglo V se respiraban en toda Grecia con el comienzo de la era de Pericles. En el 450 la casa de los pitagóricos de Crotona fue incendiada y casi todos fueron asesinados. También hubo persecuciones en otras ciudades de Italia.

Muchos emigraron a Grecia como Filolao, que se trasladó a Tebas. De toda Italia, tan sólo en Tarento sobrevivió una floreciente comunidad pitagórica presidida por Arquitas. El primer contacto importante del mundo romano con el pitagorismo tuvo lugar en el año 209 a. C., cuando Catón el Mayor fue huésped en Tarento durante una temporada del pitagórico Nearco. Allí se convirtió en seguidor de sus enseñanzas y modos de vida, como cuentan Ciceron en su diálogo Catón el Mayor y Plutarco en su Vida de Catón. Hacia el 180 a. C. Se encontraron en Roma los llamados Libros de Numa, de enseñanzas pitagóricas, que, aunque apócrifos, demuestran su esfuerzo divulgador en el mundo romano.


Como sus doctrinas religiosas pitagóricas prohibían entre otras cosas las ofrendas de animales, hubo problemas con los cultos oficiales romanos y fueron igualmente reprimidas y perseguidas. Hacia el año 70 a. C. Nigidio Fípulo, un amigo de Cicerón, fundó una comunidad pitagórica en Roma, dando así comienzo al neopitagorismo. Hacia el año 50 d. C., en tiempos de Claudio, construyeron una basílica, un lugar de reunión diseñado de acuerdo con su modo de vida.

La tradición se conservó en Tarento con aceptable fidelidad desde los tiempos de Arquitas (hacia 380 a. C.) hasta aproximadamente el año 180 a. C. Poco se sabe de las comunidades después de esa fecha. Probablemente tuvieron una vida más bien lánguida hasta que Nigidio Fígulo restauró el fervor primitivo, con caracteres mucho más romanos, orientando más la ascesis y purificación hacia el esfuerzo por la gloria de Roma que hacia la contemplación y empeño científicos. Ese parece ser el sabor del pitagorismo que aparece, por ejemplo, en el Sueño de Escipión, un fragmento del libro VI de la obra de Cicerón Sobre la República, que muchos señalaron entre sus obras más inspiradas. De cualquier modo, los pitagóricos de época romana no realizaron en las ciencias matemáticas ninguna labor comparable con la de sus antecesores griegos.

Fuente: http://www.nueva-acropolis.es/FondoCultural/filosofia/Pitagoras_un%20paseo_ideas_2.htm

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