"La energía nuclear es la única opción viable para salvar a la Humanidad del cambio climático"

JAMES LOVELOCK

En los años 70, se convirtió en uno de los 'gurús' del movimiento ecologista, tras proponer que la Tierra actúa como un organismo, 'Gaia', que se autorregula para mantener la vida. Pero su último libro, 'La venganza de la Tierra', rompe con la ortodoxia verde al defender la estrategia nuclear frente al peligro del calentamiento global.

PABLO JAUREGUI

MADRID. - Cuando James Lovelock reflexiona sobre el futuro de la Tierra, se ve a sí mismo como un médico ante un enfermo terminal devorado por un cáncer llamado Homo sapiens. Nuestra especie, asegura el ilustre científico británico, se comporta «como un adolescente revoltoso, inteligente y con mucho potencial, pero demasiado avaricioso y egoísta». Por culpa de nuestro «extravagante despilfarro», la Tierra tiene cada vez más «fiebre», y probablemente ya sea demasiado tarde para curar sus males. Aterrorizado por el grave riesgo de autodestrucción al que se enfrenta la Humanidad, Lovelock visitó ayer Madrid para presentar La venganza de la Tierra (ed. Planeta), una llamada de auxilio en la que, a sus 87 años, el padre de Gaia defiende la energía nuclear como la única terapia que puede salvar nuestra civilización.

Pregunta.- ¿La venganza de la Tierra es imparable?

Respuesta.- Estoy convencido de que se acerca el fin de la civilización y del mundo tal y como la conocemos. La Tierra seguirá viviendo tranquila, sin duda, pero la población humana va a ser reducida a un 10% o 20% de lo que es ahora mismo. Esto es muy serio. Mi libro se limita a explicar los hechos que se acaban de publicar en el informe del IPCC [el Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU, compuesto por 2.500 científicos], en un lenguaje que el hombre de la calle pueda comprender.

P.- Lo que dice parece sacado del Libro del Apocalipsis. ¿Exagera usted para que le hagan caso?

James Lovelock  R.- No exagero para nada. Si usted lee lo que digo en el libro, verá que no hay ni un solo dato que no esté avalado por el trabajo exhaustivo de los expertos de la ONU. La única diferencia es que ellos no utilizan el lenguaje sencillo que uso yo, porque se trata de un informe técnico. Pero lo que están diciendo, por poner un ejemplo, es que para la mitad de este siglo, cada verano será tan insoportablemente caluroso como el de 2003. Eso ya no será una rareza, sino la norma. Puede que la gente pueda aguantar esto con aire acondicionado, pero las plantas no. Entonces, ¿de dónde obtendremos alimentos? ¿Cómo cultivaremos nuestra comida? ¿De dónde obtendremos agua? Por supuesto, habrá partes de Europa, como el noroeste de España, Francia, las islas Británicas y Escandinavia donde las temperaturas seguirán siendo suficientemente bajas para cultivar plantas y encontrar agua. Pero entonces, todo el mundo va a querer emigrar a estos lugares. Esto supondrá un cambio demográfico profundo, y los gobiernos deberían estar preparándose para eso ahora mismo, y dejar de esperar. No nos queda mucho tiempo.

P.- En su libro, utiliza la imagen de una Tierra enferma, con fiebre, moribunda... ¿Hay algún tratamiento que podamos aplicar para salvar a nuestro planeta enfermo?

R.- Con frecuencia me imagino a mí mismo como un médico de cabecera que analiza los achaques de nuestro planeta. Creo que la situación del paciente es crítica, y sólo podemos proponer algunos tratamientos paliativos. Por ejemplo, la idea de colocar paneles en el espacio para reducir la exposición al Sol, algo de lo que ya están empezando a hablar en serio en Estados Unidos, o nubes artificiales en la estratosfera que reflejen la luz solar. Nada de esto puede curar la enfermedad, pero sí podría prolongar nuestra vida, y esto sería muy importante, ya que quizás, si contáramos con más tiempo, podríamos desarrollar nuevas formas menos destructivas de relacionarnos con la Tierra. Lo fundamental, en todo caso, es darnos cuenta de que nuestra actual forma de civilización será completamente insostenible para finales de este siglo, y sólo existirán pequeñas islas habitables donde podrá vivir la gente, como por ejemplo en el Artico, y lugares muy altos como los Alpes y los Pirineos.

P.- En su libro, también se atreve a romper con la ortodoxia verde y defender la energía nuclear como tratamiento paliativo contra el cambio climático. ¿Por qué?

R.- Somos fundamentalmete una civilización urbana, y debemos hacer todo lo posible para mantener todas las ciudades que puedan sobrevivir a las consecuencias del cambio climático. Es como cuando cayó el Imperio Romano y los monasterios mantuvieron viva la sabiduría de aquella vieja civilización. En un mundo arrasado por el calentamiento global, las pocas ciudades que sigan existiendo tendrán que desempeñar ese mismo papel para que nuestra civilización no entre en una nueva Edad Media gobernada por señores de la guerra, y todo el planeta sea como la Afganistán actual. Ahora bien, una gran ciudad sólo puede mantenerse si tiene un suministro fiable y constante de electricidad. Entonces, ¿qué es lo que nos queda aparte de la energía nuclear? Ni el sol ni el viento pueden garantizarnos un suministro constante. Yo nunca he sido un defensor fanático de la opción nuclear, pero considero que es fiable, segura, económicamente viable, y eficaz.

P.- ¿Y los residuos?

R.- No me parece un problema significativo. Hace poco nos invitaron a mi mujer y a mí a visitar el principal depósito de residuos nucleares de Francia. Nos llevaron al edificio donde se guardan todos los residuos que se han acumulado a lo largo de 40 años. De hecho, estuvimos directamente encima del material, y yo llevaba encima un detector portátil de radiactividad para ver el nivel de exposición al que estábamos sometidos, pero no subió más de lo que se detecta en mi propia casa, ya que los residuos están encofrados de una manera muy segura.

P.- Sin embargo, el fantasma de Chernóbil siempre resurge...

R.- Pero es que se trata precisamente de eso: ¡un fantasma! El peligro de un accidente tiene más o menos la misma credibilidad que los cuentos que se contaban en el siglo XIX sobre los hombres lobo.

P.- Pero ese accidente ocurrió y murieron muchas personas...

R.- Sin duda fue un accidente lamentable, pero el número de muertes que se le atribuyen se ha inflado de una forma absurda. Es cierto que aproximadamente 75 bomberos y trabajadores valientes murieron en Chernóbil, pero ésa es una cifra relativamente pequeña para un accidente industrial. Un desastre en una mina de carbón puede producir ese mismo número de víctimas cualquier día. Pero todo eso de que millones de personas morirían por exposición a la radiactividad es mentira. ¿Dónde están las tumbas de todos esos supuestos muertos, 20 años después?

P.- Por atreverse a decir cosas como ésta, los ecologistas, para los que usted ha sido un venerado ídolo, le consideran un pérfido traidor. ¿Cómo se siente al escuchar este tipo de acusaciones?

R.- Me entristece profundamente. Todos los que pertenecemos al movimiento verde, y yo desde luego me siento parte de esa lucha, somos humanos y podemos cometer errores de forma involuntaria. Para mí, son ellos los que realmente se equivocan y, sin darse cuenta, han traicionado al movimiento verde.

P.- En definitiva, si queremos mantener nuestro nivel de vida, para usted no hay alternativa a la energía nuclear.

R.- Es la única opción viable para salvar a la civilización humana del cambio climático. Le puedo asegurar que no se puede mantener el suministro de energía para una ciudad como Madrid con molinos eólicos. ¿Qué pasaría en los periodos sin viento? Creo que los verdes no se han planteado en serio las consecuencias prácticas de su postura.

Fuente: http://www.filosofos.org/modules/news/article.php?storyid=68

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