La Caverna de Zaratustra

Si hay algún libro que merece ser releído constantemente, es el Así habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche. Sus escenas deben ser reinterpretadas constantemente a medida que se va profundizando en su pensamiento. Una de las más brillantes es, sin duda, la primera escena del prólogo de Zaratustra.

Antes que nada, empero ¿quién es Zaratustra? Zaratustra viene de Zoroastro, que fue el religioso que, por primera vez, discernió de una forma absoluta entre el Bien y el Mal. Nietzsche, contra toda la filosofía occidental hasta su época y contra toda la cultura europea marcada por el cristianismo, quiere superar estos dos conceptos e ir más allá de ellos, acto que sólo podrá realizar el superhombre. Y para realizar la transición del hombre al superhombre, Nietzsche introduce a Zaratustra, ya que si fue él quien discernió por primera vez entre el Bien y el Mal, debe ser el que enmiende este error.

El Zaratustra empieza con el mismo Zaratustra, a los treinta años de edad, saliendo de su caverna, en la cual ha pasado diez años de su vida en soledad consigo mismo y su espíritu. Esta caverna de Zaratustra es la caverna de Platón. El mito de la caverna de Platón, narrado en su monumental obra La República, narraba cómo los hombres, atados con cadenas al fondo de una caverna, tenían detrás suyo una hoguera y veían reflejadas en la pared las sombras de las cosas que pasaban por delante de la hoguera. Un hombre consiguió romper las cadenas, ver que esas sombras no eran las cosas reales e inició un arduo camino hacia el exterior de la caverna. El arduo camino simboliza la transformación del esclavo del mundo sensible en filósofo, contemplador del mundo inteligible. Al llegar fuera de la caverna, el filósofo se convierte en tal en cuanto ve las cosas iluminadas por la luz del Sol, que es el Bien. Ahora puede ver las Ideas, que son las cosas reales; son el ser de los entes. Y no sólo las esencias de los objetos materiales, sino los valores tales como la justicia, la bondad, la belleza, la honradez, etc.

Zaratustra, pues, sale de esta caverna en la que está solo. El resto de la humanidad está fuera. Parece, a primera vista, que los hombres conocen las verdades auténticas y que Zaratustra se ha retirado, como una especie de renegado de la Verdad, a la caverna de las apariencias. Sin embargo, Zaratustra sale tan fácilmente como entró y le dice al Sol (el que ilumina las cosas y deja ver las cosas tal y como son realmente):

“-Oh! Cuál sería tu dicha si no tuvieras a los que iluminas? Hace diez años que llegas hasta mi caverna y te hubieras cansado de tu luz y de tu camino si no me tuvieras a mí, a mi águila y a mi serpiente”.

Es decir, esas Ideas que Platón decía eran eternas, no son nada sin los hombres que las contemplan. Sin embargo, Zaratustra dice que es él y sus dos animales (el águila representa el orgullo, la serpiente la astucia) los que dan alicientes al Sol para seguir su curso. Es como si las propias Ideas quisieran que se les hiciese la crítica que Zaratustra hará: que los hombres, los últimos hombres, aceptan y cargan sin más por los valores heredados y transmitidos por la tradición (marcada por el cristianismo), sin someterlos a crítica, sin preguntarse por la veracidad de éstos. Sin ver que ya no son verdaderos, y que esta pérdida de trascendencia, esta pérdida de sentido de los valores es la muerte de Dios. Sigue Zaratustra:

“Cada mañana te esperamos para beneficiarnos con tus pródigos rayos y bendecirte por ellos. Mas he aquí que me hastiado de mi sabiduría, como la abeja que ha elaborado excesiva miel”.

Zaratustra, que ha comprendido la decadencia de los valores que hasta entonces creía trascendentes e irrefutables, se revela contra todo lo que sabía. Se revela contra la tradición, contra su decadencia. A fuerza de contemplar, analizar y cuestionar las Ideas, es decir, los valores, se ha artado de cargar con este peso, del cual ha comprendido su superfluidad. Hábida cuenta de esto, prosigue:

“Ahora necesito manos que se me tiendan. Quisiera dar y distribuir hasta que los sabios entre los hombres de nuevo estén gozosos de su locura, y los pobres, dichosos de su riqueza. Por eso debo descender yo a las profundidades como lo haces tú por la tarde cuando te hundes detrás de los mares para llevar tu luz al otro lado del mundo, ¡oh astro esplendoroso!.”

Zaratustra quiere compartir su revelación con los otros hombres. Vemos que Zaratustra se refiere al lugar donde viven los otros hombres como las profundidades. Los hombres que vivían a plena luz del Sol, pues, vuelven a estar para Zaratustra en las profundidades, igual que cuando estaban en la caverna. Lo que creen que es la verdad (lo iluminado por el Sol), es en realidad una valoración no valorizada impuesta por la tradición, podría decirse una apariencia (por hacer un paralelismo con la caverna platónica).

Este pasaje es un perfecto símbolo de lo que se ha dado a llamar la inversión del platonismo efectuada por Nietzsche. Nietzsche se revela contra todo lo impuesto por la tradición, que él identifica con el cristianismo. Los hombres a los cuales se dirigirá a lo largo de toda la obra se reirán de él e incluso le despreciarán, porque aún no están preparados para comprender el pensamiento de Zaratustra. Sin embargo, Zaratustra presentará al superhombre y su pensamiento más grave: el eterno retorno. Para los hombres, así, Zaratustra es un loco, no conoce las verdades (lo que los filósofos griegos llamaban los dormidos). Por eso cuando Zaratustra prosigue y dice:

“Debo desaparecer como tú, acostarme, como dicen los hombres hacia los cuales quiero descender.”

Para Zaratustra, los hombres que contemplan las Ideas, los valores, son ahora los dormidos, mientras que para Platón, y también para los hombres de la obra, será Zaratustra el dormido (y loco). Zaratustra va por delante de los hombres: él se ha percatado de que Dios ha muerto. Más adelante, surgirán un tipo de hombres que intuirán la muerte de Dios, pero que querrán ponerse en su trono, a la vez que mantienen los mismos valores: son los llamados últimos hombres, los más despreciables de todos. Pero esto ya forma parte de la continuación de la obra.

Sin duda, este pasaje del Zaratustra goza de un poderoso simbolismo, muy sugestivo si logramos percibir que es una muestra de la inversión que hizo Nietzsche del platonismo y, por lo tanto, de los valores.

Fuente: http://filosofiaehistoricidad.blogspot.com/

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