Entrevista a Norman Mailer

CHRISTOPHER HITCHENS



La capacidad para escandalizar que caracteriza a Norman Mailer no tiene igual en el mundo de las letras contemporáneo. En este extraordinario reportaje realizado por el ensayista inglés Christopher Hitchens, queda a la vista que la lucidez de Mailer corre pareja con su megalomanía a la hora de analizar el signo de los tiempos, en su país y en el mundo. El pensamiento político de Norman Mailer ha sido siempre considerado algo así como un registro personal del zeitgeist (espíritu de los tiempos) norteamericano, libre de todo deber ideológico. Mailer ha tratado de pensar los dos grandes temas norteamericanos, el sexo y la violencia, interrogándolos en los distintos puntos donde se intersectan, y su tema específico ha sido la profusa interpretación del clisé que postula un supuesto "sueño americano". Su Camelot incluye tanto un Arturo de lo más falible como un Grial; su Marilyn Monroe no es una mera diosa del deseo plástico; sus púgiles trepan al ring mientras la mafia decide los resultados. Por sobre todas las cosas, Mailer ha tratado de estar específicamente presente en los eventos decisivos de la historia. Pero no es el simple transgresor profesional que sus críticos a menudo han satirizado. Ciertos episodios de su vida privada hicieron poco por apaciguar esas incomodidades. Pero su legajo puede leerse con la misma facilidad como una voluntad de explotación, o como una resistencia a la jubilación herbívora de tantos escritores e intelectuales norteamericanos. Si "Los ejercitos de la noche" ilustró y reforzó el espíritu de radicalidad antibélico, "La canción del verdugo" expuso la profunda reserva de resentimiento populista que desde entonces viene desesperando a liberales y radicales. Si su obra maestra de ficción, "El fantasma de Harolt", enfatizó el mortal poder invasor del estado de seguridad nacional, "Oswald", su libro siguiente, fue una advertencia contra confortables explicaciones de la omnipotencia conspirativa. Su última novela, "The Gospel according to the Son" (El Evangelio según el Hijo), se propone como una reescritura radical del Nuevo Testamento narrada por su protagonista, lo que sin duda no ha deleitado a los fundamentalistas ni a los materialistas. La experiencia de vida de Mailer incluye la guerra en el Pacífico y las tempranas paranoias de la Guerra Fría , la generación beat y la Revolución Cubana, la era Vietnam y los rugidos del conflicto racial. Es, pues, lo suficientemente abarcadora como para convertirlo en un espécimen. El carácter deliberadamente paradójico de su posición de "conservador de izquierda" es un desafío algo belicoso a todos aquellos que permanecen fijados en la ortodoxia o la corrección. Su nombre en Estados Unidos es sinónimo de disidencia permanente. Usted siempre estuvo en la oposición: no sólo respecto de las mayorias ; también dentro del circuito Intelectual, o incluso de su propio círculo de amistades. Recuerdo haberle oído decir una vez que había refinado su disidencia hasta darle un nombre, y que se definía a sí mismo como un orgulloso conservador de izquierda. ¿Puede desarrollar este concepto? -Casi imposible: una de las leyes de la retórica dice que no se puede desarrollar un oxímoron. Y ése es el efecto que produce ser un conservador de izquierda: la gente deja de pensar y te mira atónita. Se habla de quiebre de los valores, yo no creo que haya un quiebre sino una colisión de valores. Cuanto más fanática de los valores se vuelve la gente, menos valores hay, por el esfuerzo que demanda defenderlos. Y eso es lo que pasa hoy en día. De modo que uno debe decidir dónde es de izquierda y dónde conservador. Para mí es algo relativamente simple, pero no le pediría a nadie que fuera un conservador de izquierda. Un modo de definirlo es decir en contra de qué está uno. Yo diría que estoy contra las corporaciones. Creo que las corporaciones le hicieron tanto daño al mundo (o sin duda se lo habrán hecho para cuando desaparezcan) como el que los comunistas le hicieron a la inteligencia del pueblo ruso. De hecho, el corporativismo y el estanilismo tienen más semejanzas que diferencias. Por otro lado, estoy totalmente en contra de la "corrección política". Creo que algo invalorable desapareció en el mundo el día en que los grupos étnicos dejaron de insuflarse entre sí. No es que yo lo pregone, pero en los viejos tiempos uno realmente sabía por qué estaba dispuesto a pelear y por qué no. Si uno era judío, como es mi caso, muy pronto en la vida había que tomar ciertas decisiones básicas. ¿Te pelearías o no, con alguien que te dice judío de mierda?. Ahora nadie te dice algo así. Y, si te lo dice, queda automáticamente descalificado. Uno ya no necesita decidir si va a permitirlo o no. Esa clase de cosas forman parte de la pérdida de definición que afecta hoy al mundo entero, a causa de la corrección política. Es como si estuviéramos entrando en una gran, gran entropía. ¿Qué lo llevó a la izquierda? ¿Qué significaba para usted ser de izquierda? ¿Y qué clase de Izquierda es? -Ser de izquierda era sencillo: bastaba con creer que el capitalismo era un desastre. No sabíamos si el socialismo era mejor, y ciertamente tampoco sabíamos si el estalinismo era mejor, porque habíamos oído decir tantas cosas ... Hablo de los años después de la Segunda Guerra. Yo había estado en el ejército, y sabía que era una organización horrible. De modo que salí de ahí con una gran desconfianza hacia el gobierno y el ejército. Pero después de la guerra caímos en un inmenso tironeo propagandístico según el cual los rusos, que hasta entonces nos habían ayudado a salvar el mundo de la amenaza nazi, eran súbitamente el enemigo. Y yo desconfiaba por completo de eso. Si uno tenía amigos en la izquierda, en el Partido Comunista o meros simpatizantes de la Unión Soviética, uno querría creer lo mejor acerca de Stalin y sus muchachos. Cosa que no era fácil: había que sacarse de la cabeza el Pacto Nazi-Soviético. Uno sabía que los rusos no eran del todo confiables pero tampoco se podía confiar mucho en la prensa norteamericana de entonces. Tenía lo suyo ser de izquierda en aquellos tiempos. Podíamos no saber si los rusos eran buenos o malos, pero no nos cabía duda de que lo que pasaba en Estados Unidos no estaba nada bien. Porque al tema del capitalismo había que sumarle el tema racial. La estrecha relación entre la violencia y la mentalidad masculina (hombres en combate, hombres en ring de box, hombres en un bar pegándose botellazos en la cara) siempre a sido una constante en usted, ¿no?. -Puede que sí, pero eso fue porque pensaba que me había asomado al mundo siendo demasiado blando. Para empezar no fui un buen soldado. Lo he dicho antes: en un escuadrón de doce hombres, yo habré sido el tercero o cuarto empleado de abajo. De modo que salí del ejército con muchas pequeñas heridas en mi ego. Y cuando publiqué "Los desnudos y los muertos" y tuve ese éxito enorme, sentí que no me lo merecía. Así que, a partir de ahí, me dediqué a reconstruir mi personalidad. Llegué a esas conclusiones bajo la poderosa influencia analítica de la marihuana. Porque hay dos cosas de las que me jacto en la vida, una de ellas es que nunca me psicoanalicé, cosa que me da un raro orgullo. La otra es haberme autoanalizado, con marihuana. Porque si uno es un egomaníaco tiene que ser capaz de autoanalizarse. Y así se vuelve una bendición ser egomaníaco. En caso contrario es una enfermedad. Gracias a la marihuana, finalmente entendí cómo rehacer mi psiquis, que es la razón por la cual la gente se psicoanaliza. Se suele ver a Estados Unidos en esos términos, como un país en permanente necesidad de demostrar lo que es capaz de hacer... -¿Un problema de machismo? Bueno, en este país hasta las feministas actúan como hombres, como hombres patéticos, esa clase de tipos que dicen que se oponen a toda forma de violencia. Ya sabe a lo que me refiero: esa clase de gente que se le tira a uno encima, pero rastreramente, sin vigor, sin honor. Este es un país que cree que ha ganado toda guerra en la que entró, sea Vietnam o la Guerra Fría... Pero ningún norteamericano está dispuesto a enfrentar la más profunda de las contradicciones de Estados Unidos: que somos una nación cristiana. ¿Se le ocurre algún país más moralista que éste? Y, al mismo tiempo, somos los archipracticantes del capitalismo. Es decir de la codicia. Todos queremos tener más dinero que el vecino , aunque no tengamos la menor idea de qué hacer con ese dinero. También hay una gran contradicción entro ese cristianismo y la aplicación de la pena capital. ¿Puede explicar a qué se debe esa Inclinación norteamericana por la pena de muerte? -A eso quería llegar cuando hablaba de esta contradicción: al terrible problema de conciencia norteamericano. En este país hay más devotos cristianos que en cualquier otra parte del mundo, y como buenos devotos creen que en última instancia deben estar preparados para lavarles los pies a los pobres. Y por otro lado nos sofoca la codicia. Este es un conflicto terrible e inmediato. Pero si nos metemos con la pena de muerte no sé si vamos a estar de acuerdo, porque yo no me opongo totalmente. Digamos que me opongo al 95 o al 99 por ciento de las ejecuciones. Pero pienso que no se puede despojar a la sociedad del derecho ocasional de matar a alguien. En cualquier caso, tal como está planteado el asunto, la pena de muerte es sólo parte de la rabia general de este país. Quiero decir: en los últimos 30 años este país ha pasado por las dislocaciones espirituales más repugnantes. Tuvimos el asesinato de John Kennedy, luego los asesinatos de Bob Kennedy y Martin Luther King. Tuvimos la guerra de Vietnam. Luego Watergate. Y después tuvimos el Imperio del Mal, con Ronald Reagan, y un total desconocimiento de lo que era la realidad. Y después la Guerra Fría terminó, y la gente, de golpe, sintió que de algún modo había sido engañada. Creyeron durante años en una serie de cosas que no eran verdad. Y, principalmente, perdieron toda la estructura protectora de la Guerra Fría, que había creado un enorme campo magnético alrededor de los Estados Unidos. Hasta ese momento teníamos nuestro enemigo, nuestro enemigo estaba ahí, eran los rusos, el materialismo, el ateísmo, el comunismo. (... ) Después vino el cambio. Y todo aquello que apuntaba en una sola dirección se desparramó hacia todas partes. De ahí la rabia que hay hoy en Estados Unidos. La pena capital es sólo uno de los aspectos de esa rabia. ¿Usted dice que los norteamericanos están hoy más enojados que nunca? -De hecho están tan enojados que me asustan. Estados Unidos vive hoy en un estado prefascista. El problema es que, tal como se la practica, la pena de muerte es increíblemente desagradable porque la mayoría de los ejecutados no tuvo ninguna clase de defensa legal. Y la mayoría de los ejecutados son criminales negros. Esos dos factores bastarían para erradicarla. La pena de muerte no es admisible siquiera, cuando su explicación no exhibe el mismo porcentaje de representatividad de la población que comete crímenes. A veces, muy pocas veces (una vez en mil) uno se encuentra con un criminal como Jeffrey Dahmer. Sus crímenes son tan ofensivos, tan profundamente inmundos, y la maldad con que la gente reacciona ante él es tan inmensa, que la sociedad haría mejor en ejecutar a su autor. Porque, si no se lo ejecuta, es como si se intensificara el deseo fascista de apoderarse de la sociedad y gobernarla con total autoridad. Y no creo que valga la pena pagar ese precio. Hay una propuesta (para algunos sólo tiene una intención satirica) de legislar la pena de muerte como método de enseñanza pública. -Creo que yo fui uno de los primeros en proponerlo. Muestren por la TV a los convictos a punto de ser ejecutados. Bueno, en cierta medida eso se está haciendo ahora. También solía decir que filmen las ejecuciones, y dejen que el público asista a ellas. ¡Hagamos linchamientos públicos!, lo decía jocosamente, porque sabía que no sucedería nunca. Con algo podemos contar de parte del gobierno, y es que nunca se invitará al público a una ejecución. Aunque nos convirtamos en un Estado totalmente fascista y totalitario. Hay sustitutos para eso. Durante mucho tiempo este país estuvo profundamente dividido ante el asesinato de los Kennedy y el halo de misterio y conspiración que los rodea. En su libro sobre Oswald usted se acerca como nunca al tema y alcanza una suerte de veredicto abierto sobre el asunto. -¿Usted se refiere a la idea de que fueron asesinados por intervención del gobierno? Todo lo que puedo hacer es contestar sobre la base de mi limitada experiencia. Ciertamente había un clima general que hacía posible un complot cuando John Kennedy fue asesinado. Pero es difícil para mí creer en un complot de esas proporciones. Es ahí donde no coincido con Oliver Stone. JFK (John F. Kennedy) es una maravillosa película, una gran película, pero en un nivel mítico, porque nos hizo comprender qué significa que un presidente sea asesinado y nos transmitió la sensación de horror y de sospecha que se abatió sobre todo el país. Pero los detalles eran absurdos. No se arma una conspiración con doscientas, quinientas o mil personas. No funcionaría. Sí fue una conspiración, debió ser en una escala muchísimo más pequeña. Queda también la pregunta de que una conspiración de esa naturaleza haya usado una figura tan volátil como Oswald (Lee H. Oswald el asesino de J.F.K.) -Nadie en su sano juicio lo hubiera usado. Pero incluso si hubo conspiración y usaron a Oswald , debió ser una estructura muy pequeña. Me inclino más a pensar que Oswald lo hizo por su cuenta. Llegué a esa conclusión con cierta tristeza. Me hubiera gustado mucho más encontrar una conspiración. Soy conspirador por temperamento. Quiero decir: como novelista uno prefiere mil veces la conspiración antes que un protagonista solitario. Hay más para escribir. Pero simplemente no encontré nada, ni siquiera una sospecha de conspiración. Usted ha dedicado gran parte de su vida literaria buscando evidencias de hechos y cosas poco visibles, que están en el aire, ocultas a los ojos de los demás, porque nadie antes señaló en esa dirección. Me preguntaba si no le ha dedicado esa clase de atención al milenio que viene. -No mucho, no todavía. Siento cierto nerviosismo ante el nuevo milenio. Como si la olla estuviera demasiado cerca del hervor. Para mí, a esta altura, no tiene demasiada importancia, porque ya soy demasiado viejo para el milenio que viene, pero para cierta gente más joven, que piensa un poco demoniacamente (lo que no quiere decir con maldad, sino simplemente con alguna tendencia apocalíptica), el cambio de dígitos va a ser muy importante. Y cuanto más cerca estemos del 2000, más excitante va a ser. En Estados Unidos, por ejemplo, hay una evidente tendencia a pensar en ello como la línea de largada y esas cosas. De modo que cuanto más nos acercamos al año 2000, más preparados deben estar todos, la gente debe expresarse más, dominar más y más su existencia o buscar acontecimientos mágicos a los que pueda unirse. Digámoslo así: si yo fuera un Testigo de Jehová, diría que apostemos a los últimos seis meses del milenio. Si el mundo fuera a ser destruido, si hay alguna chance -cosa que no creo-, sucedería antes del año 2000. Sumando eso a la atmósfera neurótica y vengativa e iracunda que describía antes, ¿no hay margen para el mal agüero?. -Creo que hay mucho margen para el mal agüero. Hay miles de cosas que podrían salir muy mal. No puedo recordar otra época en la que haya habido amenazas desde tantas direcciones. Algún pequeño poder del Tercer Milenio podría convertirse en una potencia nuclear real. Podrían estallar movimientos derechistas en diversos puntos del mundo. Podrían darse más horrores étnicos como Bosnia. Hay tantas hipótesis de catástrofe... Este país podría virar hacia la extrema derecha. Y, a esta altura, no habría mecanismos para detener algo así. Porque los liberales progresistas siempre se han estrangulado a sí mismos. El último intento de estrangularse fue la "corrección política". Y además ya no quedan grandes enmiendas entre los liberales. Ninguna. Y la izquierda tiene escasas chances de lograr que la escuchen. ¿Hay alguien en la Izquierda a quien respete o admire? -Hay gente que me gusta, pero no se me ocurre nadie a quien seguir para aprender algo. Dios, ya he perdido la mitad de mi cerebro, y si para interpretar algo tengo que seguir dependiendo de mi propio pensamiento... ¡en que triste estado está el mundo! (... ) Cuando uno empieza a escribir, cuando uno es joven, el terror mayor radica en que la idea de que la gente lea tu libro y venga a matarte. Por eso Salman Rushie nos afectó tan profundamente. Por fin alguien escribía un libro por el que iban a matarlo. Pero lo que uno descubre escribiendo es que no: nunca pasa nada. Uno escribe sus libros y dice cosas terribles, pero nadie llama a tu puerta para decirte: "estás en problemas. Vas a sangrar por esto". Nunca, así que el segundo horror es que lo que uno escribe no importa. Y ese horror es aún mayor. Después de todo, con el primero, tal vez uno podía ponerse a la altura de las circunstancias, ser más heroico de lo que creía ser. Pero el segundo es simplemente el desastre absoluto: lo que escribo no importa. Entonces uno trata de resistir, de no caer en ese mar muerto y putrefacto de la inanición... Por la cultura vale la pena correr grandes, grandes riesgos. Por la sencilla razón de que, sin cultura, somos bestias totalitarias. El nuevo mundo de la tecnología nos induce a ser totalitarios. Lo que nos promete la tecnología es que todos podemos ser freaks del control: que el mundo es nuestro para dominarlo. Después de trabajar seis horas frente a una computadora fluorescente ya no nos quedan sentidos: ése es el trueque. "Yo doy mis sentidos, dénme sólo el control sobre mi entorno", parece decir la gente. Y lo único que todavía resiste es la cultura. Incluso me atrevería a decir que la cultura es lo único que nos preserva del totalitarismo. Pero la cultura es más que un cd rom. Es ir a una librería o una biblioteca y encontrar un viejo libro en un estante perdido y descubrir que tal vez nadie lo haya pedido en cinco años, y que eso forma parte de su virtud: esa pátina de pasado. La pequeña comunión que se produce entre el libro y uno es lo que está desapareciendo. Usted ha escrito mucho sobre esa tierra de nadie dentro de E.E.U.U. donde todo es oscuro y mediocre, una región de la vida humana donde la gente es básicamente cobarde y conformista. Y ha sostenido que todo lo que actúe contra eso, aún si es extremo y desesperado, es preferible a seguir llevando esa vida plástica. -Creo que, antes de poder empezar a pensar el futuro positivamente, con optimismo, tenemos que crear una línea de defensa. Si E.E.U.U. va hacia el fascismo (cosa que podría suceder fácilmente dado el estado terrible de las relaciones entre blancos y negros), entonces me preocupa la suerte del mundo entero. No estoy seguro, pero me parece que el resto del mundo también se volverá fascista rápidamente. Al menos a las superpotencias les va a resultar difícil no caer en formas de gobierno igualmente autoritarias. Y entonces, dada la nueva autopista informática, estaremos bajo el yugo. Y podríamos estar bajo el yugo durante un siglo. Así que creo que la primera línea de defensa es parar el fascismo. Es el viejo grito de 1930 que vuelve. Y creo que la izquierda tiene que hacer una limpieza total. Retomando lo que decía de la pena de muerte, la izquierda debe revisar sus ideas sobre la naturaleza humana y reconocer que somos mucho más oscuros y sangrientos y complejos y contradictorios de lo que jamás ha reconocido el pensamiento de izquierda. A pesar de la idea conservadora, reaccionaria, de que el ser humano es miserable, debemos encontrar la manera de ver la naturaleza humana como noble y miserable a la vez. Tenemos que vivir con la idea de que cada esperanza puede ser destruida de un plumazo, por la sencilla razón de que quienes sostienen esas esperanzas son seres humanos, capaces de aniquilar y arruinar todo de buenas a primeras. Cuando realicemos un acto de modestia y dejemos de pensar que porque uno ha tenido una buena educación puede dominar todos los aspectos de su existencia a través de su cerebro; cuando abandonemos esa noción de que el freak del control es el producto más noble jamás desarrollado por la humanidad, entonces tal vez la izquierda pueda regenerarse. Por ahora, sólo podemos ver lo que está mal en la oposición. Tenemos una mente estrecha y somos fútiles. Y la derecha, en este país nos hizo pedazos. Lo que necesitamos es que aparezcan un buen par de teóricos. ¡Ah, si apareciera un Marx entre nosotros, un nuevo Marx!. No para que tenga razón: simplemente para darnos algo de entusiasmo y algo que nos haga bullir la sangre de nuevo.

Fuente: http://www.con-versiones.com/nota0057.htm

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