Jean Baudrillard
(El sistema de los objetos)

Introducción

El producto del que hay más demanda hoy
no es una materia prima, ni una máquina,
sino la personalidad.
Riesman

A partir de la relectura del texto “El Sistema de los Objetos”, de Jean Baudrillard, me parece importante compartir una serie de reflexiones que he realizado a la luz de nuestro entorno social.

El texto pretende contestar algunos aspectos importantes: ¿Cómo son vividos los objetos? ¿A qué otras necesidades – a parte de las funcionales – dan satisfacción? ¿Cuáles son las estructuras mentales que se traslapan con las estructuras funcionales y las contradicen? ¿En qué sistema cultural o transcultural se funda su cotidianidad vivida? Y el autor puntualmente dice: “El ambiente cotidiano es, en gran medida, un sistema : los múltiples objetos están, en general, aislados en su función, es el hombre el que garantiza, en la medida de sus necesidades, su coexistencia en un contexto funcional” (pág. 6).

La relevancia de este aspecto, desde mi punto de vista, es que, ante el dinamismo social que vivimos dentro de una cultura de consumo, predominan los valores y principios en nuestra sociedad, como bien dice , en términos funcionalistas; los objetos han alcanzado un carácter determinante para conformar la identidad y motivación de los individuos dentro de nuestra sociedad contemporánea. “La configuración del mobiliario es una imagen fiel de las estructuras familiares y sociales de una época” (pág. 13). Más allá de cuestiones estéticas, la reflexión nos lleva al terreno del valor que tiene la presencia de los objetos, donde bien se puede entender cualquier elemento dentro de la vida cotidiana.

El orden social asigna el status a los objetos,
es lo que llamamos el estilo.


El sistema de los objetos

Pasemos a ver algunas características de los objetos que nos rodean. Por ejemplo, el reloj: “El reloj es símbolo de permanencia y de introyección del tiempo” (pág. 23).

Los muebles y la decoración: amueblamiento en función del y . Más que en el , es allí donde reside el sentido actual de la decoración: ya no se trata de implantar un teatro de objetos, o de crear una atmósfera, sino de resolver un problema, de proporcionar la respuesta más sutil a un traslapamiento de datos, de movilizar un espacio” (pág. 25). “Los objetos tienen así (…) aparte de su función práctica, una función primordial de recipiente, de vaso de lo imaginario (…) es el reflejo del mundo” (pág. 27).

¿De qué mundo, entonces, estamos hablando? El que está dominado por el valor de estos objetos, subordinando la esencia humana al carácter o significado de los objetos.

El sistema de los objetos determina que los colores, las formas, los materiales, su colocación, el espacio… todo… sea funcional. “Lo funcional no califica de ninguna manera lo que está adaptado a un fin, sino lo que está adaptado a un orden o a un sistema: la funcionalidad es la facultad de integrarse a un conjunto” (pág. 71).

En el texto, se considera que los objetos permiten el equilibrio neurótico en el ser humano, “(…) desempeñan un papel regulador en la vida cotidiana, en ellos desaparece mucha neurosis, se recogen muchas tensiones y energías en duelo” (pág. 102); así, por ejemplo, el objeto-reloj devora al tiempo, no sólo por el hecho de saber la hora, sino por “poseer” la hora, por tenerla continuamente registrada para uno mismo, además, por hacer al individuo esclavo del tiempo medido entre sus manecillas.

Dentro de la sociedad tecnificada, el sistema de los objetos ejemplifica la fragilidad de lo efímero y la recurrencia a la repetición, una constante búsqueda de satisfacción que, a su vez, genera decepción.

En la sociedad de consumo, nos enfrentamos a una saturación y sistemática integración de objetos, donde éstos sustituyen la relación entre las necesidades básicas y las técnicas o secundarias. ¿A cuantos no conocemos que sin su celular se sienten incomunicados, sin tener conexión con internet se sienten off-line, o sin tener a su disponibilidad un auto se sienten imposibilitados para desplazarse?

Por otro lado, dentro del sistema comercial que nos domina, hay un aspecto que incluye la acción de compraventa: “(…) es claro que la noción de es algo más que un argumento publicitario: es un concepto ideológico fundamental de una sociedad que, al los objetos y las creencias, aspira a integrar mejor a las personas” (pág. 160).

Es así como el autor nos menciona, además, que tanto la producción como la elaboración de productos tienen un impacto directo en la reproducción de los patrones de comportamiento social; considera así que el modelo tiene como característica principal perdurar al paso del tiempo, aun cuando exista una constante búsqueda de innovaciones que se convierten en elementos de moda. Sin embargo, la producción en serie tiene una estrecha relación con el valor de uso, porque se adhiere precisamente a la idea de la moda.

Podemos observar que, en la actualidad, los esfuerzos por la estilización de los objetos (aun ante la promoción que se da para el consumo de mercancías de tipo personalizado) originan, por regla general, un monocromismo y un monoestilo.

“El estilo no es en el fondo mas que un estereotipo, la generalización sin matices” (pág. 168). De esta manera, las formas se vuelven infinitas (por lo que podemos alcanzar cierta personalización de los gustos y necesidades en la sociedad), pero a su vez su producción permite la creación de las modas. “(…) se propone a la inmensa mayoría, en la serie, una gama ilimitada, y a una ínfima minoría, una matización infinita de modelos” (pág. 168).

En la sociedad de consumo, se encuentra cada vez más lejana la igualdad pese a la creencia democrática que se pueda tener. Ante el objeto, “la idea de modelo refugia concretamente diferencias cada vez más sutiles y definitivas (…) la apariencia de igualdad queda instituida en virtud de que todos los objetos obedecen a un mismo imperativo de funcionalidad” (pág. 174).

Desde el punto de vista de la publicidad, el crédito es un argumento decisivo en la “estrategia del deseo” ya que el aspecto psicológico determina el interés por los objetos. “El crédito es mucho más que una institución económica: es una dimensión fundamental de nuestra sociedad, una ética nueva” (pág. 179). “Se trabaja soñando con adquirir: la vida es vivida conforme al modo puritano del esfuerzo y de la recompensa, pero cuando los objetos están allí, es que han sido ganados, son un anticipo de la suma de esfuerzos y de trabajo que representan, su consumo precede, por así decirlo, a su producción” (pág. 180).

Cabe preguntarnos, ¿cuántas personas en la actualidad no viven verdaderamente endrogadas con las tarjetas de crédito, préstamos bancarios y compras a plazos de seis o doce meses “sin intereses”? El consumidor moderno forma parte de una paradoja: compra para que la sociedad siga produciendo, para que él pueda seguir trabajando. “Los objetos no tienen como destino, de ninguna manera, el ser poseídos y usados, sino solamente el ser producidos y comprados” (pág. 185). No se estructuran en función de las necesidades, sino que se sistematizan en función del orden de la producción y la integración ideológica.

En ese sentido, la publicidad no es un fenómeno complementario al sistema de los objetos, si bien no se encuentra presente en el proceso de la producción de los objetos o en la práctica directa de las cosas, la publicidad existe porque trata al consumo y porque se convierte en objeto de consumo, se vuelve consumible como objeto cultural.

Su función realmente es secundaria porque la imagen y el discurso son alegóricos. La publicidad se designa a sí misma, “es ella la que mejor nos dirá qué es lo que consumimos a través de los objetos” (pág. 187). Creemos que lo que consumimos es el lujo de una sociedad que se exhibe por sus bienes creando una “cultura”. “La demostración del producto no convence en el fondo a nadie: sirve para racionalizar la compra (…) sin creer en el producto, se cree en la publicidad que me quiere hacer creer” (pág. 188-189).

En consecuencia, el individuo se vuelve sensible a la protección y la gratificación por la persuasión ofrecida a través de los mensajes publicitarios, más que por el discurso retórico o informativo.

A manera metafórica, el autor considera que esto parte de la lógica de la creencia y de la regresión, como bien ejemplifica en el texto con “la lógica de Santa Claus”: “La creencia en Santa Claus es una fabulación racionalizadora que permite preservar en la segunda infancia la relación milagrosa de gratificación por los padres (y más exactamente por la madre) que fue la de la primera infancia. Esta relación milagrosa, cumplida en los hechos, se interioriza en una creencia que es la prolongación ideal. Esta novelería no es artificial: está fundada en el interés recíproco que tienen las dos partes en preservar esta relación. Santa Claus, en todo esto, carece de importancia, y el niño cree en él porque, en el fondo, no tiene importancia. Lo que consume a través de esta imagen, esta ficción, este pretexto (y en lo cual creerá inclusive cuando ya no crea), es el juego de la solicitud paternal milagrosa y el cuidado que ponen sus padres en ser cómplices de su fábula” (pág. 189).

En términos generales, el análisis del autor se concentra en una premisa: en la era del consumo, es la sociedad global la que se adapta al individuo. Es decir, se adelanta a sus necesidades con todo el cuidado para adaptarse a él mismo. A través de la sumisión y la devoción a los objetos, la sociedad se ha apropiado de la idea de bienestar.

“En su función concreta, el objeto es la solución a un problema práctico.
En sus aspectos “inesenciales”, es la solución a un conflicto social y psicológico.

Fuente: http://www.uvmnet.edu/investigacion/episteme/numero5-05/resenas/sistema.asp

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