Scriabin teósofo se resiste al marxismo de Harpo



Como en la serie de televisión donde el hijo de Kung Fu salió policía, el sobrino de Molotov (que nos enseño a hacer bombas con gasolina) consideró que toda expresión artística debe subordinarse a la religión y en definitiva el padre de la religión era él mismo ya que fue célebre su frase: Yo soy dios.

Así es como este misterioso personaje que inventó un “acorde místico” porque él (como Rimsky Korsakof) veía colores en el sonido aunque no terminaron de coincidir en la relación de los mismos desarrolló una ideología ultrarreaccionaria que dejaría a los publicistas del partido nazi como meros imitadores de segunda clase en sus significados.

El melodrama histórico sigue porque la cosa es que la picardía “criolla” de este ruso fue muy inspirada y él supo esforzarse por difundir además de sus mediocres ideas, su especial trabajo con el sonido. Y así no le perdió el hilo a los ambientes aristocráticos de su época y fue reconocido por la “sociedad” a la que le otorgó gratuitamente un ideario de derivados teosóficos muy especiales también aunque nunca se terminó de aclarar el hecho de que si la “quinta raza superior” son los arios de los cuales él mismo era sacerdote consagrado, de donde saldría la “sexta raza que gobernaría el mundo” ¿acaso saldrían de la canción de Sabina que dice: El hombre de hoy es el padre del mono del año dos mil?”. En fin, ante estas preguntas claves acerca de geopolítica de borrachos y de ciencia de adormecidos uno sólo atina a desarrollar humoradas ya que la “estética de estos seres nos lleva (como una tentación del propio demonio) a reírnos pero de lo que no nos podemos reír sin embargo es del ideario metafísico del hermano de Groucho Marx que tocaba el piano (¿se llamaba Chico el grandioso o harpo el siempre preciso?), ya que este notable autor supo labrar en los salones nocturnos y cabarets de su época (donde se encontró también con los hombres notables de su sociedad aunque en ese momento ninguno rezaba) una muy lúcida poética musical a la que me gustaría llamar “la línea de la buena curva” que fue fundamento progenitor de la teoría de la Gestalt y que uno imaginó en la época en que estudiaba música y comía sánguches de jamón con queso en el taller de música de la Universidad de La Plata.

Tal es el vacío conceptual que nos dejó Scriabin (o Skriabin en ruso) y la saludable vitalidad de su oponente Marx (que como toda su familia era marxista). Aunque a veces sucede que la confrontación dialéctica no se puede desarrollar porque sus interlocutores no son contemporáneos o no pertenecen a una misma región o religión.

En fin, yo conocí a algún imitador del ruso Scriabin en Buenos Aires y son algo parecido a los surrealistas sueños de Buñuel donde estos personajes transmutan a Dios controlados por un fuego interior muy intenso aunque carecen de la ayuda sana de un hospital especializado donde ser atendidos pero eso es sólo una de las saludables desgracias de la democracia que hay que saber tolerar e incluso también, porque no? escuchar para así inspirarnos nosotros también y no perder el hilo a la “línea de la buena escritura”, asunto sobre el cual no especulo sobre ningún desarrollo consecuente.

Marcelo Jeremías

Fuente: http://www.marcelojeremias.com/

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