Mente y cerebro


"Los límites del alma no los hallarás andando, cualquier camino que recorras; tan profundo es su fundamento"
Heráclito, 22B45


"Sócrates: Propio del alma es un fundamento que se acrecienta a sí mismo"
Juan Estobeo,
Florilegium


Entre la satisfacción de la felicidad y el culto estático del misterio, el científico debe preferir la primera. Las amantes de Barba Azul o Pandora de verdad representan al género humano. El gusto por el misterio no tiene nada de incompatible en nosotros con el placer de escudriñarlo. No nos extrañe, por consiguiente, que los neurólogos cuenten con la posibilidad de reducir algún día la mente consciente a un mecanismo cerebral, todo los sofisticado, complejo y delicado que se quiera, pero mecanismo material al fin y al cabo. La explicación de las bases físicas de la conciencia dejará a mi juicio el principal misterio sin resolver y además abrirá nuevos enigmas. Las actividades mentales, las representaciones mentales, incluida la representación del yo, la imagen o sentimiento de la propia identidad personal, en su esencia, sólo son accesibles a su propietario. Podemos observar el cuerpo y el cerebro de los demás, pero no nos es posible observar directamente la mente de nadie.

"El cuerpo y su cerebro son entidades públicas, mostrables, externas e inequívocamente objetivas. La mente es una entidad privada, escondida, interna e inequívocamente subjetiva"(1).

Inferimos que los demás tienen conciencia a través de su comportamiento, de su mirada, y de nuestra comunicación con ellos por medio del mundo físico, por analogía. Puesto que no podemos ocupar nunca la mente de otro ser humano y experimentar directamente su conciencia (si pudiéramos, la persona que habríamos ocupado ya no sería "él", ni "tú", sino "nosotros"), cualquier hipótesis que hagamos sobre la existencia de otras mentes es un acto de fe(2). Por principio, no puede existir una aproximación empírica al problema de la mente. Davidson, en su teoría del "monismo anómalo" ha puesto de manifiesto la _inconmensurabilidad_ entre los predicados físicos y los mentales, es decir, su no coextensionalidad.

"Los predicados mentales y los físicos no están hechos uno para el otro".(3)
Davidson cree que es lógicamente imposible hablar físicamente del cerebro (que es un objeto) presuponiendo a la vez que somos racionales, libres, etc., esto es, que somos sujetos, de lo cual se seguiría necesariamente la imposibilidad lógica de la psicología como ciencia.

Refiriéndose a dicha inconmensurabilidad, José A. de la Rubia(4) ha explicado el "carácter trascendental de lo mental": si bien en términos demasiado cognitivos para nuestro gusto. En efecto, cuando consideramos a los demás como agentes racionales utilizamos un sistema de explicación que incluye sistemas globales de creencias, intencionalidad... No construimos nuestro concepto de la mente de ningún modo similar a como construimos las teorías científicas porque lo hacemos sobre supuestos trascendentales: _presuponemos_ la racionalidad, la continuidad o identidad de la mente ajena, la coherencia de sus creencias..., que en modo alguno percibimos. Es chocante la idea de una comunidad de agentes racionales que no son más que un conjunto de presupuestos lógicos, ¿porqué no serían también presentimientos o conjuntos difusos de expectativas? Esto sería lo que hacemos: explicamos la mentalidad ajena suponiendo su isomorfismo con la propia o con otros sistemas mentales previsibles, virtuales o imaginarios. La inconmensurabilidad de los discursos físico y mental surgiría -como dice de la Rubia- por la incompatibilidad entre los ámbitos objetivo y normativo. Me cuesta mucho, no obstante, suponer al nivel lógico como incompatible con el nivel físico, o aceptar la lógica como un instrumento meramente normativo.

La cosa se complica cuando pensamos que tal vez la plasticidad del comportamiento humano, su capacidad de previsión, de elección, de evaluación de posibilidades, no dependa sólo de la primera imagen o sentimiento del yo, sino más bien de algo mucho más sofisticado todavía, de otro orden y que desarrollamos sólo a través de la adquisición del lenguaje. Me refiero a la _autoconciencia_.

Propongo provisionalmente una sencilla definición de la autoconciencia; se tratará de su determinación por una propiedad específica. Autoconciencia es

aquello que nos permite representar, simular... mentir y evitar mentir.
Tengo en cuenta para esta definición el famoso test de Turing. Una máquina es capaz de pensar de verdad como un ser humano si puede convencer a un investigador, que la interroga a través de un teletipo, de que es una mujer. La autoconciencia está así asociada a la capacidad de representar papeles, de ponerse en el lugar de otro, de simular estar más allá del ser que somos, de reinterpretarse como si uno fuera otro, lo cual presupone naturalmente alguna especie de lenguaje simbólico. Los filósofos suelen aludir a esta dimensión esencialmente teatral de la _persona_, atribuyendo a la palabra "persona" una etimología dudosa, que la asocia con el griego 'prosopon', que era la máscara que servía también de altavoz de resonancia en los escenarios áticos.

Aunque seguramente será beneficioso ensayar reducir el dualismo, un tanto esquizoide, que ha caracterizado a nuestra cultura desde los pitagóricos (y no sólo a nuestra cultura), me cuesta negar que haya una razón profunda para sostener que en el fondo seamos dos cosas (cuerpo/mente). Aunque tal vez un día se puedan analizar y describir las mediaciones entre una y otra, no podremos dejar de vivirlas como irreductibles entre sí.

Esta intuición es corroborada por Davidson:

"Si estoy en lo cierto, entonces, el conocimiento detallado de la física o la fisiología del cerebro, e incluso del hombreen su totalidad, no cortocircuitaría el género de interpretación requerido para la aplicación de conceptos psicológicos sofisticados"
Frente a estas intuiciones, Paul Churchland(5) ha pretendido justificar un "materialismo eliminativo". Según este investigador, la psicología popular es esencialmente mentalista y tan falsa y desastrosa que no puede ser reformada y actualizada en consonancia con el avance de la ciencia, sólo puede ser eliminada. A su juicio, tal eliminación supondría la destrucción del lenguaje actual y su lógica. Churchland es un gran conocedor del cerebro y un entusiasta de los modelos conexionistas o PDP (procesamiento paralelo distribuido) y cree que nuestro lenguaje natural será sustituido por uno más poderoso basado enteramente en el conocimiento aportado por las neurociencias. Con tal proyecto veríamos al fantasma suicidarse en el interior de la máquina. Tal posición es miope con respecto a lo que de verdad distingue al ser mental de la máquina. Gilbert Ryle(6) lo expresó así:
"A pesar de que el cuerpo humano es un motor, no es un motor ordinario, dado que algunas de sus funciones están gobernadas por otro motor en el interior del primero, siendo este segundo motor de una clase muy especial. Es invisible, inaudible y no tiene ni peso ni tamaño. No puede ser reducido a pedazos y las leyes que lo gobiernan no son las que conocen los ingenieros"

Ryle apoda a este administrador de los impulsos, a este regulador en quien radica el secreto de la voluntad, o sea de la automotivación, "el fantasma de la máquina". La vivencia interna de la conciencia no está localizada espacialmente aunque su _duración_ (Bergson) transcurra en el tiempo, tal vez esté hecha esencialmente de tiempo, puesto que los procesos mentales reconocibles son explícitamente dependientes de dicha duración, la sucesión misma de los estados psíquicos.

Seguramente es un error atribuir una sustancia a la mente, como si ésta fuera un objeto. Hoy día, por lo que respecta a la sustancialidad de la mente, casi todos los filósofos adoptan un cierto grado de materialismo, seguramente dependiente de un complejo cientifista. En absoluto rebaja la dignidad de la mente (o el alma) decir que no es un objeto físico, por el contrario, la devuelve a su verdadero ser: relacional, holístico, metafísico. Para Ryle, la relación entre la mente y el cuerpo es semejante a la que existe entre una colonia de hormigas y las homigas individuales, o entre el argumento de una novela y las letras del alfabeto, o entre la melodía de una canción y la materialidad sonora e instrumental en que se interpreta.

La mente y el cuerpo no serían dos componentes de una dualidad, sino dos conceptos enteramente distintos pertenecientes a dos planos diferentes de una jerarquía de descripción. Deberíamos decir por tanto en un tono lógico que existen mentes y decir en otro tono que existen cuerpos, pues pertenecen a modos de ser distintos, intensional el primero, extensional el segundo. Pensamos tranquilamente sin ser conscientes de que lo hacemos con neuronas. El hecho de que el nivel inferior esté regido por una necesidad causal no quiere decir que el nivel mental superior no posea una autonomía específica, ni que no pueda ser ilógico y emocional. En términos funcionalistas podemos decir que lo propio de la mente no es el _hardware_ (la materia cerebral), sino el _software_ (el "programa o la organización de esta materia).

Mi mente no es una máquina ni un mueble: es yo mismo. Soy algo que piensa, actúa y sufre. David Hume no tenía razón al decir que el yo es simplemente una colección de experiencias ("a bundle of ideas"). Puede que no haya yo sin experiencias, como no hay moneda sin metal, pero la identidad personal emerge de dichas experiencias como algo que puede hacerse cargo de las mismas, recordarlas, ordenarlas, servirse de ellas para el futuro. Parece evidente que nuestro sentido de la identidad personal está muy asociado a la memoria. Pero como la conciencia humana no es sólo conciencia, sino autoconciencia, no sólo sabemos, sino que _sabemos que sabemos_, _sentimos que sentimos_, podemos reflexionar nuestras ideas y también nuestras emociones y sentimientos. La clave para desvelar el misterio de la mente tal vez esté pues en esta autorreferencia, que es una fuente inagotable de paradojas. Dichas paradojas han recibido en nuestro siglo una efectiva representación artística en el trabajo del holandés M. C. Escher. Es posible hallar también un equivalente musical de estos bucles laberínticos en las fugas de Bach.

La paradoja se manifiesta en el mismo hecho de que sea la mente consciente la que se interroga sobre sí misma...

"Conducir una investigación con el mismísimo instrumento que se está investigando determina que la definición del problema y la búsqueda de una solución del mismo revistan especial complicación. Dado el conflicto entre observador y observado..."
Para Antonio R Damasio, esta dificultad añadida no nos debe llevar a la conclusión de que será imposible en el futuro que el intelecto humano comprenda de qué modo la mente emerge del cerebro. Reconocer el conflicto no tiene por qué implicar su insuperabilidad.

El abismo abierto por el dualismo entre los fenómenos psíquicos y los estados físicos, biológicos, neurológicos, deriva de la disparidad entre dos cuerpos de conocimiento: el de la buena comprensión que la mente ha ido logrando de sí misma a lo largo de siglos de introspección y el conocimiento que actualmente tenemos de los fenómenos nerviosos, bastante incompleto. "Pero no hay razón alguna para suponer que la neurología no pueda rellenar ese abismo" (Damasio).

El yo se manifiesta precisamente en el momento en que es capaz de reflejarse a sí mismo. Probablemente la autorreferencia provoca tales paradojas e indecisiones (tal y como demostraría el teorema de Incompletitud de Gödel), que nunca, ni en principio, podrá llegar la mente a entenderse por completo a sí misma. Buscar el autoconocimiento sería semejante a embarcarnos en un viaje sin fin. La generalización del teorema de Gödel al sistema de la mente probaría, según el filósofo J.R.Lucas, que las mentes no pueden ser explicadas como máquinas, pues siempre habría principios mentales irreductibles al sistema físico.

Paul Davies se refiere a la característica esencial de todos los esfuerzos por obtener una mejor comprensión del yo como "convolución de los niveles jerárquicos".

"El _hardware_ de las células cerebrales y la maquinaria electroquímica sostienen el _software_ de los pensamientos, ideas y decisiones; pero éstos, a su vez, actúan sobre el plano neurológico y, de este modo, modifican y sustentan su propia existencia"

Sería precisamente la confusión de planos, como en la famosa cinta de Moebius, el entrelazamiento de cuerpo y alma, de lo físico y lo espiritual, lo que haría que cada cual fuera _uno mismo_. Damasio ha propuesto la división del problema mente/cerebro en dos partes. Utiliza la metáfora de una "película-en-el-cerebro" para designar la composición integrada y unificada de diversas imágenes sensoriales, como si la mente fuera un espectáculo multimedia. La segunda parte, la relacionada con el problema de la identidad personal, concierne a la generación automática de un sentido de propiedad de esa "película-en-el-cerebro". La segunda anida en la primera, aunque el separarlas constituya una "estrategia útil de investigación, ya que cada una demanda su propia solución".

El primer problema requiere una cartografía cada vez más fina de las activaciones bioeléctricas y bioquímicas, neurológicas, que empezó hace siglo y medio ya, cuando Paul Broca habló de las implicaciones de distintas zonas del cerebro en el procesamiento de aspectos diferentes del lenguaje. Respecto del segundo problema -el que interesa igualmente a neurólogos, psicólogos y filósofos- Damasio halla el fundamento biológico del sentido del yo en los mecanismos cerebrales que representan, instante a instante, la continuidad del mismo organismo.

"el cerebro utiliza sus estructuras de representación del organismo y de los objetos externos para crear una nueva representación de segundo orden... tal representación de segundo orden no constituye abstracción alguna; antes bien acontece en estructuras nerviosas, a saber, el tálamo y la corteza cingulada"
Desde una perspectiva evolutiva, es evidente la importancia de un sentido del yo. Un organismo autoconsciente dispone de un incentivo para atender a las señales de alarma dadas por la "película-en-el-cerebro", por ejemplo el dolor causado por un estímulo particular, y así puede evitar en adelante dicho estímulo. En nuestro caso, la conciencia ha constituido una clara ventaja para nuestra supervivencia.

Aunque algún día se pueda explicar completamente la emergencia del yo, como un tipo especial de sentimiento, en el acto de conocer, _en el interior_ de la propia película mental, lo que elimina al mítico homúnculo y al espectador externo (al margen del tejido del mapa sensorial), todavía quedará un aspecto del yo que no parece encajar en una descripción determinista: se trata de la _voluntad_ (martillo de psicólogos positivistas, conductistas y cognitivistas). Somos un sistema capaz de controlar-se, sobreponer-se, aguantar-se, e incluso capaz de negar-se a sí mismo.

Desde luego, el vínculo entre la verdadera libertad de la voluntad y el conocimiento es indudable. El ingrediente esencial de la mente es la _información_. Es la estructura que hay en el cerebro y no el cerebro mismo lo que nos convierte en lo que somos. Del mismo modo que la tercera sinfonía de Brahms no deja de existir cuando la orquesta ha acabado de interpretarla, la mente podría perdurar transmitiendo la información a otra parte. En cierto sentido es evidente que la mente de Séneca, pongamos por caso, sobrevive de un modo muy real en las páginas de su _De vita beata_. Más que "fantasmas en las máquinas" somos "mensajes en un circuito", y el mensaje mismo trasciende el medio de su expresión. El "programa" podría haberse ejecutado o ejecutarse en cualquier otro cuerpo en una fecha anterior o posterior (reencarnación) o en un sistema que no percibimos porque sencillamente no forma parte del universo físico. En conserva, el sistema sería atemporal, sólo es sensible al flujo del tiempo mientras se ejecuta.

José Biedma

Fuente: http://usuarios.iponet.es

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