El hombre, «ser para la muerte»

Martin Heidegger

Heidegger se pregunta ante qué retrocede el hombre que le hace refugiarse en el impersonal «se», en la comprensión inauténtica del mundo. Su respuesta es la siguiente: el miedo a la muerte hace que la existencia caiga en el factor inauténtico, cotidiano. Porque el «se» no permite pensar en la muerte propia y solo habla de la muerte en la forma impersonal de «se muere». Por el contrario, la existencia propia o auténtica encara abiertamente sus posibilidades y, al hacerlo, se encuentra de frente con lo que constituye su última y definitiva posibilidad: la muerte. Esta experiencia le revela la verdad de la existencia, esto es, su nihilidad (la nada de que está hecha). Es entonces cuando el hombre se encuentra en presencia de la nada, cuando la existencia puede ser pensada como totalidad y se desvela su sentido.

El ser auténtico está en condiciones de asumir el sentido de la situación originaria de la existencia. El hecho de que mi existencia es una existencia no elegida, sino que tiene que ser escogida; no pedida, sino que pide que se hagan cargo de ella: un hecho simple, en definitiva, del cual tengo que soportar la carga sin saber por qué ni de dónde ni adónde. He aquí la verdad de mi existencia, que la mirada auténtica no puede ocultar ni negar. Pero esta experiencia -a pesar de los tonos sombríos-, lejos de oscurecer el mundo, lo ilumina. Porque esta experiencia no es un mero estado subjetivo. La angustia, por ejemplo, no es un estado psicológico que luego se proyecte a un mundo «exterior». Pensar así implicaría permanecer en el interior de un esquema dualista sujeto-objeto, del todo ajeno a la perspectiva heideggeriana. A esa artificiosa distinción (primero me siento de una determinada manera, y luego atribuyo ese particular estado de ánimo a la realidad exterior), Heidegger opone la idea de que la existencia es ya, siempre y constitutivamente, relación con el mundo.

El yo auténtico

El acceso al yo auténtico únicamente lo proporciona la angustia. Solo ella puede liberar a la existencia de la dictadura del «unos», del «se». En el bien entendido de que angustia no equivale a miedo. La angustia se distingue del miedo porque en ella no hay amenaza.

Aquello ante lo cual el hombre se angustia, aquello por lo cual se angustia, es el mundo como tal. Lo que inspira su angustia es el reconocimiento de lo que significa estar-en-el-mundo, que se produce cuando lo ve en su totalidad y no solo en las perspectivas de sus preocupaciones particulares.

Pero el acceso a esa perspectiva de la totalidad única que nos permite reconocer la común futilidad de todas las cosas del mundo, solo se alcanza de una manera: anticipando la propia muerte. No es este, ciertamente, un lugar fácil. La mayoría de los hombres prefiere abandonarse al vértigo de la vida cotidiana, en la que lo familiar y lo próximo ocultan el estado de ánimo fundamental de la angustia. Se comprende la actitud: al desaparecer las preocupaciones habituales, se le revela a la existencia humana el extrañamiento de la soledad. Es el momento en el que el hombre puede optar entre continuar en la existencia inauténtica, impersonalmente determinada, o hacerse cargo personalmente, mediante un esfuerzo heroico, de su propia existencia. Pero esto último -de ahí su desmesurada dificultad- no se resuelve en un gesto en el que podamos asumir una esencia preexistente. No se puede experimentar la existencia como totalidad en el sentido de la simple presencia, de encontrarnos delante de ella. Es constitutivo de la misma ser posibilidad abierta. En Heidegger, el lema emplaza a una tarea: nunca soy, sino que siempre seré, porque puedo ser.

La existencia como «travesía entre nadas»

Martin Heidegger no le agradaba que le tipificasen como existencialista. A lo largo de su vida insistió reiteradamente en tomar distancia de la corriente ...

La muerte apunta al corazón de la existencia. Le afecta en su mismo ser, en su esencia misma de proyecto. Es, se lee en Ser y tiempo, «la posibilidad de la pura y simple imposibilidad de la existencia». O también, sin pretender jugar con las palabras, la posibilidad de la imposibilidad de toda otra posibilidad. Más allá de ella nada le es posible a la existencia como ser en el mundo, es decir, resulta rigurosamente insuperable. Pero el ser de la muerte no se agota en ese constituir condición de posibilidad última de todas las demás posibilidades. Marca ese límite, ciertamente, pero al hacerlo actúa sobre ellas, no solo en el sentido de ejercer un dominio -puesto que accidentalmente las extingue-, sino en el más importante de tener una presencia sobre las mismas mientras permanecen como opciones.

En efecto, la muerte revela la contingencia de cualquier otra posibilidad. Puesto que puedo morir, no era necesario que existiera. Nadie, en realidad, necesita existir. La existencia personal es una travesía entre nadas: la nada de la que surgimos y la nada a la que estamos abocados. Si la imposibilidad de la existencia (la muerte) es posible, eso quiere decir que nada es necesario.

He aquí, pues, lo que se le revela a la existencia capaz de encararse con la muerte. El hombre angustiado, dirá Heidegger, «se siente en presencia de la nada, de la imposibilidad posible de su existencia».

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