¿Qué es la realidad?

Un nuevo concepto de realidad

Tras la crisis en la que entra el Realismo decimonónico debido a la erosión de sus propios medios expresivos y, en consecuencia, a una cierta incapacidad para expresar una realidad cambiante, las diferentes formas de expresión artística sufrieron una serie de transformaciones que terminarían por dar inicio a las llamadas Vanguardias históricas. Las Vanguardias supondrían una ruptura con movimientos artísticos anteriores, particularmente con el Realismo, y una cierta continuidad con el Simbolismo en cuanto al contenido onírico, crítico y visionario. Los novedosos códigos expresivos de las Vanguardias incidieron en un aspecto común: la necesidad de intensificar el concepto de realidad con objeto de aprehenderla más allá de lo aparente. En ese contexto, autores checos como Alfred Kubin (dibujante Simbolista y precursor del movimiento expresionista Der Blaue Reiter), Franz Kafka (de comienzos expresionistas, tal y como se puede comprobar en su novela Descripción de una lucha y a través de los dibujos que de él se conservan) o Karel Capek, a través de sus obras tanto literarias como pictóricas pudieron comprobar con gran acierto que la fantasía constituía un recurso de inestimable valor como medio de explorar la realidad.

El problemático concepto de realidad

La historia del arte hasta fechas relativamente recientes ha sido la historia del realismo. Básicamente ningún movimiento artístico ha hecho otra cosa que plasmar o intentar plasmar con mayor o menor fortuna la realidad. Por otro lado están los medios expresivos, en mayor o menor medida, realistas, en mayor o menor medida, figurativos, con una mayor o menor tendencia a la abstracción, al esquematismo, etc, etc. Pero cabe preguntarse qué cosa es la realidad, si es un concepto tan simple como sostiene el realismo ingenuo (que es la creencia fundamentada en el sentido común, que sostiene que existe un mundo real y que es sustancialmente tal como lo percibimos. Las cosas, según este realismo naïfe, no sólo poseen una forma determinada y una posición en el espacio, sino que además son verdaderamente rugosas o lisas, sabrosas o perfumadas, de colores, etc. Este realismo sostiene, por tanto, que el mundo real coincide con el mundo percibido y que es independiente del sujeto), si es plasmable o si puede ser reflejada de manera inmediata con medios meramente realistas y figurativos o si, por el contrario, la realidad precisa de una reflexión en torno a ella, a los medios a través de los cuales expresarla; una reflexión en torno a si, en realidad, puede ser expresada y si los medios para conseguirlo han de ser meramente realistas o si, por el contrario, a través de medios expresivos no realistas como la fantasía, la deformación, el recurso a medios que intuitivamente no parecieran ser los más apropiados son, por el contrario, adecuados para tal objetivo: explorar y plasmar la realidad.

Re-visión del concepto a través de la historia

Lo real, o la realidad es, en general, lo que es o existe de un modo actual u objetivo, por oposición a lo que es una apariencia, una ilusión o una ficción, o a lo que es meramente posible o ideal, o subjetivo. Normalmente, y desde el sentido común, se entiende que lo real es aquello que pertenece al mundo en que vivimos y, por tanto, lo que existe en el espacio-tiempo. Pero la aplicación rigurosa de esta noción espontánea lleva a confundir lo real con lo "independiente" de la mente o con lo material o lo empírico, es decir, aquello que puede ser conocido por los sentidos, con lo que dejarían de tener realidad muchas de las cosas por las que los hombres se interesan y hasta luchan. De hecho, lo real debe definirse en consonancia con los presupuestos ontológicos y epistemológicos desde los que se define ser, ente u "ontológico" o realidad en general, esto es, ha de entenderse desde una teoría determinada, pero sobre todo ha de poder diferenciarse de lo que se considera simple apariencia. Para muchos, y en primer lugar para Aristóteles, el estudio de lo real incumbe a la metafísica, que trata de lo que existe en cuanto existe, y de la que cabe esperar que dé criterios para distinguir lo que existe de lo que sólo parece existir. El uso de "parecer" por oposición a "ser" no sólo es de sentido común, sino que es también una tradición constante en la filosofía. La filosofía griega, desde los presocráticos a los grandes sistemáticos, como Platón y Aristóteles, plantea la cuestión fundamental de qué hay que entender por "real", ya sea como arkhé, forma, sustancia o átomos. Heráclito y Parménides son modelos iniciales y opuestos en el planteamiento del problema: lo que hay es pura apariencia, o, al contrario, esta pura apariencia es realmente lo único que puede conocerse y lo que, por esto mismo, es. Platón construye su teoría de las Ideas para combatir el punto de vista del sofista Protágoras, según el cual las cosas son lo que al hombre le parece que son. En todo caso, la historia de la filosofía enseña que la cuestión de qué es real se responde desde una teoría del conocimiento. Aunque siempre ha sido evidente que lo que las cosas son se conoce forzosamente desde una cierta perspectiva, a saber, la que ofrece la percepción, la propia experiencia, el conocimiento previo y hasta la propia época. Berkeley es el primero en destacar que el ser de las cosas se manifiesta sólo en la apariencia, esto es, en el fenómeno; hasta el punto de que lo real no es más que lo que aparece: "ser es ser percibido". Kant hace consistir, en el aparecer del fenómeno, la configuración misma de la experiencia, en el sentido de que conocer algo es poder constituirlo en objeto de experiencia, según las condiciones de posibilidad que el propio sujeto determina; lo que la cosas son ya no puede quedar separado ni del percibirlas ni del entenderlas, pero tampoco del poder percibirlas y poder entenderlas. El idealismo alemán posterior extrema al máximo la producción de la realidad por el espíritu: "todo lo racional es real y todo lo real es racional". El "nuevo realismo" y el realismo crítico de comienzos de siglo intentan desenmarañar la red compleja entre lo real y lo percibido. La filosofía analítica, la filosofía del lenguaje y las nuevas teorías epistemológicas de filosofía de la ciencia replantean el problema de la realidad, y buscan nuevos criterios de decisión para determinar cuándo puede decirse que un enunciado (empírico) es verdadero (manera epistemológica de decidir sobre lo que se entiende por "real").

Aunque el sentido común percibe que lo real es lo empíricamente observable, no sólo lo empíricamente observable es real. Por esto es preciso contar con otros criterios para determinar qué cosa podemos llamar real. Llamamos "real" no sólo a lo que está obviamente presente a los sentidos, sino a todo aquello cuya existencia externa podemos determinar como objetivamente independiente de nuestro pensamiento y de nuestra observación a través de una verificación intersubjetiva. De este modo, no sólo son reales los objetos externos, sino (por lo menos algunas de) sus propiedades y sus principios materiales internos; no sólo existe realmente, por ejemplo, la mesa, sino -y hasta quizá más- los elementos químicos que la componen y las partículas atómicas y subatómicas a que se reducen sus elementos químicos. El

realismo, por otro lado, es la creencia en que existe un mundo externo (realismo ontológico) y que puede ser conocido (realismo epistemológico). Estas tesis pueden ser una simple afirmación ingenua y acrítica, si no se fundamentan más que en la aparente evidencia de los sentidos (realismo ingenuo) o bien incluyen una fundamentación más o menos crítica. El realismo filosófico sostiene con argumentos la existencia de un mundo real independiente del pensamiento y de la experiencia, pero no afirma que percibamos el mundo tal como es en realidad. Es, pues, ante todo, una afirmación de tipo ontológico (acerca de que las cosas son), que implica una determinada teoría del conocimiento, así como una teoría sobre la percepción (acerca de que las cosas no son tal como aparecen).

Otros pilares que se tambalean: sujeto y verdad

Con esta descripción de alguno de los tipos de realismo no he pretendido tanto ilustrar a los presentes acerca de qué cosa es el realismo y la realidad, de sobra lo saben, al menos para poder dirigirse con cierta solvencia en la vida, sino más bien poner de relieve la problematicidad del concepto y el nivel de inaccesibilidad en la captación de la realidad. De la misma manera Marx, Freud y Nietzsche, los denominados, en acertada expresión de Paul Ricoeur, maestros de la sospecha, revisan los conceptos de yo, sujeto o conciencia.

¿Y por qué estos tres autores dudan o creen problemático el concepto de sujeto o de conciencia que Descartes propuso como base firme para la construcción del edificio del conocimiento? Las soluciones ahora ya sí son distintas en función del autor del que hablemos.

Para Marx, el sujeto, lejos de ser una noción que no supone problematicidad alguna, se halla inmerso en una situación en la que la base económica, es decir, la infraestructura económica compuesta por las relaciones de producción y las fuerzas productivas propias del capitalismo lo convierten en un ser enajenado, un ser que no se pertenece a sí mismo, como demuestra Marx a través de la teoría de la plusvalía.

Para Nietzsche, el sujeto, en realidad, se halla inmerso en esa jaula de los valores tradicionales adquiridos heterónomamente, es decir, impuestos por una supuesta autoridad moral ajena al propio sujeto.

Para Freud el sujeto o la personalidad, lejos de estar constituidos ingenuamente por lo aparente, por lo que se nos presenta ante nuestros ojos, es producto de lo inconsciente, y esos contenidos inconscientes afloran en el sujeto en sus sueños, a través de la terapia y, por supuesto, en una conducta no siempre fácil de descifrar.

Estos autores, por tanto, ponen sobre el tapete la problematicidad del concepto de sujeto haciéndolo tambalearse y con ello a uno de los pilares más (aparentemente) sólidos de la tradición filosófica y, por ende, cultural. El sujeto no es lo que se creía que era y los tiempos del optimismo y las falsas creencias van tocando a su fin.

Friedrich Nietzsche, en su obra Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, critica el lenguaje y la idea de verdad, pues ésta es una mentira colectiva. Garrido comenta en el Prólogo: "Son sólo razones o necesidades de utilidad social [...] las que dan lugar a la codificación social del lenguaje y a que la sociedad premie la verdad y penalice la mentira". La verdad sería, pues, convencional. El hombre ansía, dice Nietzsche, las consecuencias agradables de la verdad, es decir, las que mantienen la vida y es indiferente frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Nietzsche se pregunta con clara ironía si concuerdan las designaciones y las cosas (lenguaje referencial) y si es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades. En unas palabras profundamente irónicas expresa lo siguiente: "Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos al árbol como masculino y a la planta como femenino: ¡qué extrapolación tan arbitraria! ¡A qué altura volamos por encima del canon de la certeza! [...] con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes" (Sobre verdad 22). Para Nietzsche la verdad o las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son. "Sólo hemos prestado atención [...] al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos". El hombre desde la antigüedad fue concebido como la medida de todas las cosas y "le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone".

Desde 1916, fecha en que se publicara la teoría general de la relatividad, a lo que se suma la aparición de la mecánica cuántica o el mismo Principio de Indeterminación de Heisenberg y otros descubrimientos matemáticos y teóricos, sin olvidar el cambio de rumbo en cuanto a ideas claramente obsoletas acerca del origen del hombre como las plasmadas en las Sagradas Escrituras que Charles Darwin se encargara de dinamitar, se reforzó la idea de que el antiguo orden había muerto definitivamente. Las viejas certezas perdieron solidez. Esta idea se extendió a otros ámbitos como el lingüístico, gnoseológico y hasta el pragmático. Eugene Fink escribe sobre Nietzsche: "Al hombre científico, que no penetra ya la mentira de los conceptos, contrapone Nietzsche el hombre intuitivo, el hombre artístico. El uno se ha salvado refugiándose en casa, considera los conceptos como la esencia misma de las cosas; el otro conoce el engaño de todas las cosas fijas, y también el de las metáforas, pero se mueve libremente frente a la realidad: es creador y produce imágenes. Para Nietzsche el hombre intuitivo, el artista, es superior al lógico y al científico". Según Nietzsche es imposible vivir con la Verdad y reivindica la necesidad de la ilusión y la visión: "Nietzsche describía toda creatividad como una acometida de ebria excitación, una orgía dionisíaca de emociones que, una vez cumplida, permitía la percepción de las verdades estables, apolínicas" (Benton 16). En Ecce homo Nietzsche hace un breve resumen de su obra Crepúsculo de los ídolos y escribe: "Lo que en el título se denomina ídolo es sencillamente lo que hasta ahora fue llamado verdad. Crepúsculo de los ídolos, dicho claramente: la vieja verdad se acerca a su final...".

En este horizonte marcado por la sospecha y la desconfianza en instituciones (como el lenguaje o la constitución del propio sujeto) que se creían estables nacen las nuevas vanguardias, pero la ruptura con movimientos artísticos anteriores no es tan violenta como podría parecer; el lenguaje es todo lo que tenemos y el objetivo ahora es, por tanto, reactivar el concepto de realidad. Era el momento de destronar los gastados, obsoletos y escasamente operativos conceptos de verdad y realidad propios del modelo de objetividad del positivismo y ver el lugar en que se halla el propiosujeto. Era necesario revigorizar aquel lenguaje erosionado por el uso intensificando su dinamicidad (de ahí la gran utilización de los distintos tipos de metáfora por parte de los expresionistas). Nuevos juegos del lenguaje, la utilización de nuevos códigos lingüísticos, así como la transformación de viejos mitos y el rescate de lo olvidado, la expresividad de lo primitivo, el propio signo que llama la atención sobre sí mismo en un ejercicio de autorreflexividad, énfasis en cuestiones formales (montaje, fragmento, desfiguración, etc) y mecanismos menospreciados por el paradigma positivista vuelven a cobrar vigencia como modos de explorar la realidad. Como sostiene García Leal "el lenguaje poético se mantiene en conflicto con el lenguaje común. El poeta pugna con las palabras, y esa pugna se resuelve en una deformación de la sintaxis del lenguaje ordinario, en la de construcción y nueva articulación de los signos lingüísticos: le es necesario violar las reglas del lenguaje común para que las palabras adquieran una nueva dimensión expresiva. De ese modo, aparecen nuevos ritmos, nuevos tonos y cadencias, nuevas asociaciones de palabras, en definitiva, un nuevo orden compositivo al que queda vinculada una nueva expresividad". Estos elementos de una nueva expresividad se hacen patentes en manifestaciones artísticas tales como la poesía, la literatura o la música.

La necesidad de intensificar el concepto de realidad

Franz Kafka, por otro lado, en esa labor emprendida por los maestros de la sospecha desmitifica aspectos que nadie ponía en duda hasta entonces como es la fiel plasmación por la fotografía de la realidad: "- Por un par de coronas, -le comentaba Gustav Janouch-, uno puede fotografiarse desde los ángulos más diversos. Este aparato es el `conócete- a- ti- mismo´mecanizado. - ¡Querrá usted decir: `desconócete- a- ti- mismo´! -replicó el doctor Kafka con una leve sonrisa" (Janouch, Conversaciones 248). Y más adelante, el propio Kafka le comentaría: "Nada puede engañar tanto como una fotografía. La verdad es un asunto del corazón. A ella sólo podemos acercarnos a través del arte. La auténtica realidad es siempre poco realista". El mundo de Franz Kafka es, por tanto, un mundo distinto, sus parámetros críticos fueron absolutamente nuevos y siguen vigentes. Creó un nuevo modo de interpretar la realidad, una nueva mitología: "Ese mundo de Kafka es el mundo de todos los seres menos del hombre; pero dentro del cual el hombre ha cerrado un sistema humano de vida y de comprensión; por lo tanto, no es lógico, sino dramático. También mundo ilógico, mítico, absurdo, ancestral de los sueños que no son distintos de la vigilia, sino que hablan un lenguaje ya olvidado, cuyas claves se intenta descubrir [...] De ese mundo olvidado, desaparecido, como las culturas antiguas bajo los pavimentos de las recientes ciudades y las fórmulas de los teoremas y los silogismos, Kafka nos trae a la superficie de la conciencia [...] y no por el camino de la reflexión, un mensaje místico de asombro y estupor" (Martínez Estrada 25-26).

La realidad se nos escapa y nosotros, ingenuos, creemos comprenderla. Con razón Kafka, hojeando un libro de dibujos de George Grosz, concretamente el del hombre gordo con sombrero de copa sentado sobre el dinero de los pobres (El rostro de la clase dominante: ¡Ajustaremos cuentas!), dijo: "Esta es la vieja visión del capital [...] Es correcto e incorrecto a la vez. Sólo es correcto en un sentido, aunque no lo es en la medida en que proclama una visión parcial como si fuera completa. El hombre gordo con el sombrero de copa persigue a los pobres: eso es correcto. Pero el hombre gordo es el capitalismo, y eso ya no es tan correcto. El hombre gordo domina al hombre pobre dentro del marco de un sistema determinado, pero él no es el sistema. Ni siquiera lo domina. Al contrario: el hombre gordo también lleva cadenas que no están representadas en el dibujo. El dibujo es incompleto, por eso no es bueno. El capitalismo es un sistema de dependencias que van de dentro a fuera, de fuera a dentro, de arriba abajo y de abajo arriba. Todo depende de todo, todo está atado. El capitalismo es un estado del mundo y del alma" (Janouch, Conversaciones 260). Aprehender la realidad pertenecería, paradójicamente, al campo de la ficción, acaso de la ciencia ficción. La ficción, la fantasía e incluso la fantasmagoría (recordemos La otra parte de Kubin como ejemplo de fantasmagoría), se convertirían en uno de los instrumentos más eficaces para la comprensión, siempre parcial, de la realidad. La frontera entre realidad y ficción jamás se nos presentará diáfana y difícilmente se podrá delimitar. Ambas se convierten en instrumentos de comprensión mutua. La realidad no puede ser comprendida sólo mirando a nuestro alrededor y la fantasía, cuyas raíces están en la realidad, no sólo desde ella misma.

Fuente: Dr. Leopoldo La Rubia de Prado

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