Música y Tiempo

Música y tiempo Para el músico improvisador el tiempo es lenguaje y el instante de constatación del tiempo es la grieta imaginaria por donde se filtran estructuras inventadas en los pies de la noche. Entonces para el músico improvisador el tiempo también es un cuerpo y los momentos del día sólo partituras de aves que sobrevuelan como notas musicales el cielo de las aspiraciones humanas. Ese es el recurso: el instante previo al instante en que el mundo nos mira, por eso somos y no somos nada, porque actuamos imperceptiblemente antes del tiempo social, del mundo socialmente acordado y por eso mismo podemos escapar al tiempo, al tiempo de la repeticiones sin acordes para desatar sonidos en el viento, sonidos extraños, amables, intensos o aletargados en el ojo de la laguna que habla con las rosas, esos seres femeninos que inspiran nuestro lenguaje, lenguaje que es una cara que nos mira como nosotros miramos el tiempo. El tiempo quizás no es nada, al final somos nosotros que nos revelamos a su ciudad de fantasmas perdidos en los laberintos de su imaginación y a eso le llamamos “instituciones humanas”. Y nuevamente los músicos trazamos líneas de perspectivas multidimensionales a ese tiempo perdido en el patio de nuestra infancia. ¿Qué fue lo que nos hizo revelarnos al tiempo como si de un rey tirano se tratara? Tal vez sólo la intuitiva comprensión de que tiempo y silencio son el agua y la arena de una playa que moldea las formas de los acantilados del olvido y que abajo de esos acantilados hay plazas con niños que juegan, niños que son ancianos del silencio porque conocen de su impulso transformador e igual juegan construyendo castillos con la arena mojada que se olvida que es arena para pasar a ser monumento de esos sueños. Y la gente camina al costado de las construcciones como si estas siempre hubieran estado ahí y consensuan su existencia de barcos perdidos.

Marcelo Jeremías

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